Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 5
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Capítulo 5

Dafne todavía rumiaba las palabras de Jalsawi cuando llegaron al almacén. Era la última parada de la ronda de cada mañana, y la que más temía. Taika lo sabía y le puso la zarpa en el hombro para darle ánimos.

Aibin se encargaba de mantenerlo y pidió a sus Desher Tumaini, que vigilaban las provisiones, que les dejaran entrar.

Se apartaron y Aibin entró guiando con un farol.

El almacén ocupaba una gran caverna, con hileras de sacos, cajas, toneles, pellejos con agua y suministros varios contra la roca.

O lo que quedaba de ellos. Dafne recordaba la primera vez que había entrado allí, meses atrás; entonces los suministros llenaban la caverna al completo, pero los habían ido sacando y consumiendo, empezando por el centro.

Ahora la parte central estaba vacía y podía contar lo que quedaba con solo girar la cabeza.

—Estamos bajo mínimos —anunció Aibin—. Apenas queda grano, ni legumbres secas, y las provisiones que trajeron los de York se están acabando. Con las cuatro etnias y las raciones que ya recortamos la semana pasada, nos da para diez días, quince si volvemos a recortar, pero no más.

—¿Solo eso? —Dafne no quería creer aquello.

—Tenemos decenas de miles de bocas que alimentar. Solo los noceanos refugiados son más de seis mil, sin contar los soldados. Más los miles de soldados rebeldes, más los tiradores de York… Somos muchos.

—No has incluido a los tuyos.

—Solo somos un par de centenares, apenas contamos. Y mi pueblo sabe aguantar el hambre. Es la forma de vida en las dunas, la aprendes o no sobrevives.

—Los noceanos y los de York no están acostumbrados a pasar hambre —comentó Dafne.

—Tampoco los rebeldes de Kraido, aunque aguantan mejor las penurias —afirmó Taika.

Dafne se apoyó en uno de los toneles vacíos. El sonido hueco que hizo al golpearlo confirmó lo que ya intuía desde que había visto la cara de Aibin.

—¿Y las trampas del río? ¿Y las partidas de caza? ¿Y las cabras?

—Dan algo, pero no suficiente —Aibin bajó el farol, iluminar tanta miseria no ayudaba—.

El desierto no es una tierra de abundancia, Dafne.

Llevamos meses sacándole lo poco que da, pero ya no da más.

Y no podemos mandar partidas grandes ni alejarnos mucho del refugio, cuanta más gente haya fuera, más fácil será que los dragones la vean desde el aire.

Ya ha sucedido y han masacrado a las partidas.

—Lo sé —Dafne se pasó una mano por la cara.

Buscaba salidas, no que le recordaran las muertes que había causado por enviar partidas demasiado grandes o a lugares lejanos.

Taika se acercó a una de las hileras y apretó la tela entre los dedos para notar cuánto quedaba dentro.

—Esperemos que nadie enferme ni se pelee por la ración, o decida que el vecino tiene más de lo que necesita o de lo que considere justo.

—Eso ya empieza a pasar —Aibin bajó la voz—. Ayer hubo un altercado entre dos familias de noceanos por una ración de legumbres. Nadie salió herido de gravedad. La próxima vez puede que no haya tanta suerte.

—Los rebeldes de Kraido aguantan el hambre, no creo que haya altercados ahí, y si los hay podremos sofocarlos rápido con las escuadras de Brujos de Dragón —razonó Taika.

—Pero los de York no van a aguantar… y los Aljisaw no van a colaborar, lo presiento. —Dafne cerró los ojos un momento. No hacía falta ser una gran estratega para adivinar a dónde conducía esa situación.

Pensó en los primeros meses en Aljibalalsaw, cuando se cobijaron en el interior de su roca.

Cada cueva que descubrían la llenaban de gente y víveres.

Fueron momentos de esperanza, pues la hueste de dragones no podía alcanzarlos en el interior de las Montañas Negras.

Pero la situación había cambiado por completo.

La esperanza se disipaba y un problema que entonces parecía lejano, algo que resolver más adelante, los iba a matar si no encontraban solución.

El tiempo, por lo visto, se les había acabado sin que nadie avisara, o así se lo parecía a Dafne.

Salieron del almacén y Aibin ordenó a una docena de sus guerreros destinados allí que mantuvieran la guardia. Lo último que necesitaban eran robos. De suceder, todo escalaría hasta volverse muy desagradable.

En la galería de fuera, de vuelta, pasaron junto a un grupo de familias de noceanos instaladas contra la pared.

Una mujer repartía un cuenco de gachas entre tres críos, una cucharada para cada uno, por turnos, con el cuenco cada vez más ligero en sus manos.

La más pequeña, que no tendría más de cinco años, se quedó mirando el cuenco vacío cuando le llegó el turno de nuevo y no había nada que servirle. No lloró.

Dafne apartó la vista y siguió caminando, pero la imagen se le quedó grabada.

—Hay que hacer algo —murmuró Taika a su lado.

—Lo sé —respondió ella.

Dafne no dijo nada más. Una idea se estaba haciendo fuerte en su mente, una que llevaba muchos días allí: había que salir, arriesgar, aunque la regla dijera que ningún grupo grande debía moverse a la luz del día y que las noches tampoco eran seguras desde que los vigías habían visto sombras aladas sobrevolando el sur, hacia el desierto.

No era una decisión fácil, pero no había ninguna decisión fácil en los últimos tiempos.

—Reúne al consejo —ordenó por fin—. Esta noche. Aibin, Abdu Baba, Jalsawi, y que alguien avise a Dimitrios de parte de los de York.

—¿Al jefe Aljisaw también? —preguntó Aibin, sorprendido—. No suele venir a los consejos de las otras etnias.

—Esta vez vendrá. Si el almacén se vacía, se vacía para todos por igual.

Y si había que decidir algo que los pusiera en peligro a todos, todos decidían.

Aibin asintió, aunque la duda seguía en su rostro.

—Será invitado, aunque dudo que asista.

—Vendrá, los suyos también pasan hambre. Y si no viene, lo traeremos a rastras.

Taika sonrió, la primera sonrisa de la mañana.

—Empiezas a sonar como una líder y no como quien guarda el sitio.

Dafne no contestó. Prefirió no pensarlo demasiado; si se paraba a pensar cada palabra que decía y cada orden que daba le iba a reventar la cabeza. Nahia no habría titubeado en su lugar. Dafne solo sabía que tenía miles de estómagos que llenar y pocos días para encontrar la forma.

Siguieron caminando hacia la cueva central, donde ya empezaban a congregarse los primeros rebeldes para las tareas del día.

Recoger agua de los manantiales subterráneos, reparar redes, afilar herramientas, turnarse en la vigilancia de las salidas encubiertas del refugio.

Nadie parecía saber todavía que el hambre acababa de dejar de ser un sentimiento creciente y se había convertido en una cuenta mortal con fecha de expiración.

Llegaron junto a Lily y Aiden, que habían dejado a un lado su discusión.

Lily interpretó el semblante de Dafne y dejó de sonreír.

—¿Qué pasa? Que no sea muy malo, esta mañana me he levantado con la piel muy reseca y he visto grietillas. Este lugar va a arruinar mi belleza y mi encanto para siempre.

—Esta noche lo sabrás. No quiero perjudicar más tu piel con malas noticias. Reunión del consejo de todas las etnias. Corre la voz.

Aiden y Lily intercambiaron una mirada. Ivo observó a Dafne y Taika sin levantarse. Nadie preguntó. En el refugio, cuando Dafne convocaba al consejo entero, todos sabían que no era para dar buenas noticias.

Dafne siguió su ruta hacia las cuevas superiores. Quería ver cómo estaban los vigías. Taika la siguió.

—¿A dónde los mandarás? —preguntó Taika, que ya había adivinado lo que iba a proponer—. No hay lugar cerca que no hayamos rebañado ya varias veces.

—Todavía no lo sé, por eso reúno al consejo —Dafne miró hacia el techo de roca, hacia un cielo que no se veía pero que pesaba sobre todos ellos por igual—.

Solo sé una cosa: debemos actuar, no hay más remedio.

Las montañas nos protegen de los dragones, pero no dan más sustento y el poco que tenían lo hemos consumido. Debemos salir a buscarlo fuera.

Taika asintió.

Esa noche, por primera vez desde que Dafne dirigía el refugio, las cuatro etnias se sentarían en el mismo círculo. El hambre, el enemigo común, así lo requería.

El consejo se reunió en la caverna central, la única lo bastante grande para acoger a representaciones de las cuatro etnias sin apretujarlas unas contra otras. Dafne había mandado encender antorchas, la luz justa para que las etnias pudieran verse las caras y para mantener la sobriedad del momento.

Se sentaron en círculo sobre el suelo de roca.

Dafne tenía a Aibin a un lado y Abdu Baba al otro.

Enfrente, estaba Dimitrios en representación de los de York.

Y junto a él, algo apartado del resto, Jalsawi, con seis de sus guerreros de pie a su espalda.

Había venido. Dafne no las tenía todas consigo de que fuera a hacerlo, pero allí estaba.

Lily, Taika, Ivo y Aiden se situaron a la espalda de Dafne, cubriéndola y dándole apoyo.

Detrás de Aibin aguardaban media docena de guerreros Desher Tumaini.

Dimitrios también había traído a seis de sus tiradores que miraban con recelo a los guardaespaldas de Jalsawi y a Celopus, que le traduciría cuanto se decía.

El único que no había llevado protección era Abdu Baba.

No parecía creer que la necesitara. Aun así, los noceanos que atendían al consejo eran todos soldados, no civiles.

—Ya sabéis por qué os he reunido —Dafne fue directa—. El almacén está bajo mínimos. Diez días, quince si volvemos a recortar las raciones. Después, nada.

Dejó que las palabras calaran, nadie las recibió con sorpresa: el hambre no era un secreto para ninguno de los presentes.

Lo que sí cambió fue el silencio, que se volvió más pesado.

A los presentes les costaba respirar. Los líderes callaban, meditando el asunto o sin querer precipitarse.

Los representantes de cada etnia resoplaban y gemían sin siquiera comentar entre ellos lo nefastas que eran las nuevas.

Dafne aguardó a que alguno de los líderes se pronunciara.