Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Cansados de estar encerrados —Ivo dejó la vara en el suelo, llevaba tallada una enredadera a lo largo de toda la madera—.

Aguantan, pero tienen un límite, y llevamos meses aquí dentro pasando hambre.

La escasez de comida merma el espíritu del más valiente.

Es así para toda la naturaleza, sin excepción.

—El hambre es un enemigo terrible —convino Taika—. Debemos combatirlo antes de que cree problemas graves entre los nuestros.

—La desesperación puede conducir a actos viles. Debemos estar atentos —Ivo pasó la mirada por los rebeldes cercanos.

Dafne asintió y se puso en pie. Le hizo un gesto a Taika para seguir.

Sus compañeros tenían razón y ella no tenía nada más que ofrecerles que la promesa de tenerlo presente y de buscar una solución.

Una promesa que, de momento, no llenaba estómagos.

Por fortuna, las montañas tenían riachuelos y pozos en las profundidades, en sus bases, y agua no faltaba. Era un consuelo.

Recorrieron las cavernas de los rebeldes, las más al oeste de la cadena montañosa, y alcanzaron la zona central. Tocaba la segunda parada, la de los de York. Vivían en cavernas y galerías más pequeñas, a mayor altura; algunas daban a cuevas superiores, a posiciones de tiradores.

Los soldados de York, arqueros en su mayoría, se habían organizado en filas apretadas, con sus pertenencias amontonadas junto a cajas de madera con el escudo de la ciudad todavía visible en algunas tapas.

Habían traído suministros y provisiones, pero, igual que las de los rebeldes de Kraido y los noceanos que habían huido de las ciudades cercanas, se estaban agotando.

Dafne había impuesto racionamientos estrictos que a nadie gustaban, pero no había otra solución.

Pensó en Dameros. El mago dorado estaba en las Montañas del Amanecer con el Condensador de Almas y los otros magos de York tratando de conseguir sustancia dorada con la que defenderse de la hueste de dragones.

En su lugar salió a recibirla Dimitrios, el capitán al mando de los evacuados de York.

De barba entrecana y ojos hundidos, llevaba el uniforme deshilachado por los bordes, como casi todos.

Junto al capitán caminaba un anciano enjuto de ojos pardos, con una túnica verde que le venía ancha. Los de York y los rebeldes no hablaban la lengua del otro, y sin él cada encuentro se quedaba en gestos.

—Dafne, una alegría verte, como siempre —saludó el anciano.

—Celopus, más me alegro de verte yo a ti cada amanecer. Tus conocimientos de lenguas son siempre bienvenidos.

—Lamento que mi dominio de vuestra lengua todavía no sea completo —se excusó el intérprete.

—Lo hablas de maravilla para el poco tiempo que llevas aprendiéndolo. Tienes una mente prodigiosa para las lenguas.

—Agradezco el cumplido —Celopus hizo una breve reverencia.

Dimitrios se cruzó de brazos.

—Seguimos aquí. Contando los días —dijo y Celopus tradujo.

—¿Contando qué días? —algo en aquel recibimiento sonaba extraño, más frío de lo habitual.

—Los que faltan para que alguien decida qué hacemos para conseguir suministros.

Aquí hay muchas bocas que alimentar… miles —señaló alrededor—.

Mi gente puso oro y suministros. Y los suministros se agotan.

Los de York no estamos acostumbrados a apretarnos el cinturón y menos a pasar hambre.

Los míos están descontentos, las raciones son escasísimas.

Dafne le sostuvo la mirada. No tenía respuesta todavía y Dimitrios lo notó; apretó la mandíbula y desvió los ojos un instante.

—Los tendrás. Dame tiempo, encontraremos la forma.

—El tiempo es lo único que nos sobra aquí dentro.

Taika intervino con tono suave.

—Son momentos difíciles y requieren sacrificio. Los de York sois honorables y sabréis soportar estas dificultades.

Por la expresión de su rostro, Dimitrios estuvo a punto de responder algo desagradable. Se lo tragó, se dio la vuelta y se marchó.

Dafne y Taika intercambiaron una mirada. El descontento crecía y no tenían forma de apaciguar a la gente.

Continuaron la ronda y llegaron a la zona media, al este de las montañas. Allí encontraron a los noceanos. Compartían galería con los Desher Tumaini, aunque las dos gentes dormían en lados opuestos, separadas por una hilera de sacos y cajas vacías.

Abdu Baba y Aibin esperaban de pie y con las manos a la espalda. La saludaban así cada mañana.

—General —Dafne inclinó la cabeza y Aibin tradujo.

—Un general comanda sus tropas. Actúa —dijo Abdu Baba sin amargura, era una queja vieja, gastada de tanto repetirla—. Mis soldados están listos. Dame una misión y la cumpliremos. Si solo nos das un techo, se nos pudrirán las manos. El desierto demanda dureza y acción.

—No hay misión. Solo quería ver cómo estabais.

—Estamos vivos, de momento —Abdu Baba bajó la voz—. Y sé leer el hambre en una cara, Dafne. La vuestra también la tiene. Cuando decidáis salir a buscar comida, contad con nosotros.

—Y nosotros —añadió Aibin señalando a sus guerreros.

Dafne lo agradeció con un gesto y continuaron juntos la ronda.

La cuarta y última parada era también la más incómoda: los Aljisaw.

Su zona del refugio quedaba al este, tras un recodo de una larga galería donde varios guerreros montaban guardia con las lanzas cruzadas.

Al ver acercarse a Dafne y su grupo no se apartaron.

—Otra vez lo mismo —murmuró Taika.

—Otra vez.

Aguardaron mientras un guerrero iba a buscar a Jalsawi, su líder.

Llegó al cabo de un momento, pisando fuerte, dejando clara su autoridad: ancho de hombros, las trenzas recogidas bajo un pañuelo negro y con dos cimitarras de oro al cinto.

Dijo algo en su lengua con tono seco y los guerreros bajaron las lanzas.

Abdu Baba y Aibin se situaron a la espalda de Dafne para traducir. Jalsawi habló con la vista puesta en Dafne.

—Mi gente resiste. No necesitamos ayuda ni visitas —hizo una pausa—.

La última vez que unos extraños entraron en nuestro territorio sin avisar perdí guerreros valiosos.

No volverá a pasar. Mejor que cada uno se quede en su lado de la montaña.

Bastante sacrilegio soporto permitiéndoos vivir junto a los míos.

Las Montañas Negras son nuestro hogar, no el vuestro.

Dafne no preguntó por esos guerreros valiosos.

Sabía que se refería a la batalla que habían librado.

No perdonaba y no olvidaba. Leyó la enemistad no solo en sus palabras, sino en la forma en que Jalsawi cerró la mano sobre la empuñadura de una de las cimitarras al nombrar a los suyos, y en cómo los guerreros de detrás no apartaban los ojos de ella.

—Dile que no venimos a pisar su tierra —respondió Dafne—. Venimos a contar cabezas y a repartir lo poco que hay.

Jalsawi escuchó. Lo meditó y finalmente asintió una sola vez y se dio la vuelta sin despedirse. Los guerreros se apartaron dejándoles paso. Podían entrar a los dominios de los Aljisaw y ver cuántas bocas había que alimentar.

Taika esperó a que se alejaran lo suficiente y ladeó la cabeza.

—Cuatro pueblos. Todos hambrientos y ninguno se fía del todo de los otros tres.

—Cuatro pueblos y un solo enemigo que ninguno puede matar.

—¿Te refieres a los dragones?

—Me refiero al hambre.