Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 4
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Capítulo 4

Dafne cruzaba la galería entre cavernas antes de que despuntara el día.

Pisaba con cuidado al pasar entre los cuerpos dormidos, contándolos de forma inconsciente para asegurarse de que no había perdido a nadie durante la noche.

Necesitaba saber que todos seguían vivos a la mañana siguiente.

Resopló aliviada al cerciorarse de que, en aquella sección, al menos, nadie había muerto.

El refugio de Aljibalalsaw, las Montañas Negras, se abría ante ella con sus frías y húmedas galerías y cuevas de roca negra.

Todavía no se acostumbraba a aquel nuevo hogar por mucho que lo intentara, como todos los que allí se guarecían.

A tan temprana hora, todo eran bultos bajo mantas raídas y respiraciones lentas en una oscuridad que solo rompía alguna antorcha distante.

Oyó el goteo de una cisterna al fondo, tendrían que arreglarla.

El agua era el bien más preciado del desierto y no podía desperdiciarse.

El aire pesaba al respirarlo, cargado del humo residual de hogueras ya apagadas y de tanta gente apelotonada.

Llegó a la salida de la caverna. En una esquina, una niña dormía con el puño apretado junto a su madre.

Eran noceanas, a juzgar por sus rasgos y vestimentas.

Estaban delgadas y sucias, como la mayoría de quienes compartían las entrañas de la montaña.

Apartó la mirada y siguió andando. Debía proteger a esa niña, a su madre…

a todos, y no solo de los dragones, sino de algo que empezaba a ser un enemigo aún peor: la escasez.

Eran demasiadas bocas para tan pocos recursos, y estos menguaban a toda prisa.

La carga de la responsabilidad pesaba sobre sus hombros como la propia montaña que los protegía de la hueste de dragones.

—No has dormido —susurró Taika y se colocó a su lado.

El Felidae tigre se movía por las galerías y cavernas sin hacer el menor ruido, y Dafne no lo había visto acercarse. Se volvió hacia él. Su voz suave y rasposa siempre la calmaba, aunque sabía que él solo comentaba la mitad de lo que en realidad veía y pensaba.

—He dormido lo que se puede, en estos tiempos es un lujo de reyes —contestó ella sin mirarlo mientras se ajustaba la coleta negra.

—Ni dos horas. Te oí levantarte con el cambio de guardia y luego te has puesto a dar la vuelta al refugio entero —ladeó la cabeza—. Estabas contando cabezas otra vez.

—Alguien tiene que contarlas. Cuando quieras, el puesto es tuyo.

—No lo quiero y lo sabes —replicó Taika con tono de disculpa—. Por eso lo haces tú.

Dafne suspiró y echó a andar entre los durmientes de la caverna siguiente. Taika la siguió con aquellos pasos que no levantaban ni polvo.

—Andar ordena las ideas —confesó al cruzar otra galería—. Siempre ha sido así, desde Drakoros.

—Me he dado cuenta —Taika esbozó una leve sonrisa.

Lo que Dafne no le confesó fue que pensaba en Nahia cada amanecer desde que estaban allí.

Nahia habría sabido qué hacer para salvar a esa niña y a su madre, a todos.

Habría encontrado la manera de volver el hambre en fuerza y la fuerza en esperanza.

Sin embargo, ella no servía para eso, para contar raciones, apretar el reparto y mantener viva a la gente.

Y mucho menos para darles esperanzas en un futuro de libertad.

Guardaba el sitio a Nahia, nada más. Tenía la certeza de que no estaba hecha para aquel cargo de liderazgo, y sospechaba que todos lo sabían y se lo callaban.

El cuerno de los centinelas sonó arriba. Tres toques cortos.

Dafne maldijo para sus adentros y arrugó la nariz. Taika alzó la vista.

La caverna entera reaccionó a la vez. Quienes dormían corrieron a pegarse contra las paredes. Las madres taparon con la mano la boca de sus hijos. Alguien apagó la antorcha del fondo y todo se quedó a oscuras. Nadie levantó los ojos al techo. Sabían lo que sobrevolaba la montaña.

Dafne se quedó quieta junto a Taika y ambos aguardaron en silencio.

Dentro de la caverna estaban a salvo, en principio.

Los dragones no habían logrado alcanzar aquellas profundidades, pero cada vez se acercaban más.

Los ataques con las huestes habían destrozado las cordilleras y cuevas exteriores más débiles.

Ahora, después de más de una veintena de ataques, quedaba la parte dura de las montañas, donde los dragones no podían romper la roca y penetrar.

Daba la sensación de que habían eliminado la cáscara que recubría la gran cordillera llena de montañas y ahora quedaba el núcleo negro lleno de profundas cuevas.

A Dafne el corazón le latía con fuerza y la rabia martilleaba con cada latido.

A su lado, la respiración de Taika seguía lenta y regular.

Que se mantuviera siempre tan sereno la maravillaba.

La tensión siguió aumentando con cada respiración que daban.

Dafne quería subir a las cuevas exteriores y luchar, pero debían esperar la señal de los vigías.

Taika puso la mano en su antebrazo, debían aguantar en calma.

El cuerno volvió a sonar. Un solo toque, sostenido.

Falsa alarma. Dafne resopló, larga y profundamente. Taika se relajó y solo entonces Dafne se dio cuenta de que su compañero de escuadra no estaba tan entero como aparentaba.

La galería recobró el movimiento, lento y en silencio.

Regresó la luz de las antorchas y con ella las voces quedas entre familiares y el murmullo de la gente.

Dafne lo agradeció, eso devolvía algo de normalidad.

Un dragón habría pasado cerca o un centinela agotado habría visto en el cielo nocturno algo que no existía.

Daba lo mismo, el susto costaba lo de siempre: miedo en los corazones de las pobres gentes.

—El oeste. Cueva más alta —Taika miró en aquella dirección—. Hay dos guardias jóvenes allí. Creo que ven dragones donde no los hay.

—Y un día dejarán de ver el que sí llega. Ese día nos costará un disgusto de los gordos —Dafne torció el gesto—. Que los releven. Dos días de descanso.

Taika bajó la cabeza en una media reverencia felina que en él valía por un sí, y fue a cumplir la orden. A Dafne las órdenes le salían firmes y cortantes por su carácter fiero, sin duda, pero por dentro no las tenía tan claras.

Taika volvió al cabo de un rato.

—Otra vez esa cara…

—¿Qué cara?

—La de quien hace un trabajo y se empeña en creer que es de otro. La conozco bien —se sentó en una roca y la miró de reojo.

—Tú deberías hacer este trabajo, no yo.

Taika se encogió de hombros.

—Entre los míos mandan los leones, por lo general. Yo nunca quise mandar. Liderar no es mi fuerte, ayudarte sí.

Dafne abrió la boca para soltar una de las suyas, pero no le salió más que un gracias.

—Te lo agradezco.

Taika sonrió.

—Y siempre me tendrás a tu lado para ayudarte con esta pesada carga.

Fuera, la primera claridad del alba entraba tímida por las cuevas altas y descubría las paredes de roca negra. Se colaba por mil recovecos y, con la ayuda de espejos que se habían colocado de forma estratégica, la guiaban hasta el fondo de las cavernas para tener algo de claridad.

Un haz alcanzó la boca de la cueva.

—Amanece. Toca ver cómo han pasado la noche los cuatro pueblos, antes de que el hambre nos dé los buenos días a todos.

Dafne le dio la espalda a la penumbra y echó a andar hacia la luz. El refugio aguantaba un día más. La cuestión que la torturaba a diario era cuántos más podría resistir. Y esa cuenta, por mucho que anduviera y contara de noche, era la que nunca le salía.

Continuaron hasta la siguiente cueva. La falsa alarma había despertado a todos. Dafne resopló. Así no contaría, era imposible hacerlo con tanta gente dando vueltas. En cualquier caso, sabía que no podía contarlos a todos, eran miles.

—Mejor nos apresuramos —susurró Taika a su lado.

Dafne señaló al frente. Cada amanecer realizaba el mismo recorrido, visitando las cuatro etnias que convivían en las montañas.

Se detuvo al entrar en la enorme cueva. Aquella primera parada era la más fácil, la de su propia gente, los rebeldes de Kraido, los más numerosos, dueños de las cuevas y galerías más grandes, tan altas que hasta varios dragones cabrían en ellas.

Eso aliviaba un poco la opresión que proyectaban las paredes negras.

Comenzaron a cruzar la gran estancia, repleta de rebeldes agrupados por raza casi sin excepción.

En aquella caverna casi todos eran Tauruk-Kapro, Dafne lo permitía.

Intuía que no era la mejor decisión desde el punto de vista militar, pero Taika tampoco le había llevado la contraria.

Ya era bastante castigo vivir en aquel entorno sin poder asomar la cabeza a la luz exterior del desierto.

En el centro de la caverna vio a su Escuadra Ígnea, y el simple hecho de verlos le levantó el ánimo. Ya estaban de pie, ocupados en las labores del día. Lily y Aiden discutían por algo, como cada mañana, y saludaron con la mano sin interrumpir su tira y afloja. Dafne sonrió.

Ivo estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la roca y las piernas cruzadas, mientras tallaba algo en una larga vara de madera. Al verla llegar la saludó con la cabeza.

—Buenos días, jefa. ¿De ronda matutina?

—No soy la jefa, Ivo.

—Alguien tiene que liderar —sopló el serrín de la madera—.

Entre los Tauruk-Kapro no se elige, se hereda por tamaño y fuerza bruta.

Pero en este caso creo que una pequeña Fatum de gran fortaleza interior es la adecuada para liderarnos —sonrió—.

A veces el universo elige con sabiduría y debemos aceptar la responsabilidad que nos otorga.

Dafne se acuclilló junto a él.

—Es demasiado temprano para tus filosofadas.

Ivo se limitó a asentir, dándole la razón.

Los rebeldes se movían despacio por la cueva. Nadie corría a por el agua aquella mañana. Arrastraban los pies y llevaban los hombros caídos y la mirada apagada.

—¿Cómo están? —preguntó Dafne a Ivo.