Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 3
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Capítulo 3

Los dos observaron al descomunal dragón plateado durante un instante.

Los dos sabían quién era, pues Nahia les había hablado sobre él.

También les había hablado de su importancia y del pacto que había hecho con el líder de la Facción del Nuevo Amanecer.

Nahia había prometido liberarlo a él y a los suyos de aquellas mazmorras.

Ella confiaba en aquel dragón, pero ellos todavía tenían que decidir si hacían lo mismo.

Aun sabiendo que era un dragón muy grande, se sorprendieron.

Medía unas setenta varas y sus escamas de plata brillaban incluso en la penumbra de las cavernas.

Cuando avanzó hacia ellos, la roca tembló bajo sus zarpas.

Eki plegó las alas sin darse cuenta y Aroa arrastró la cola de lado a lado, nerviosa. Aquel no era un dragón milenario ordinario, era un dragón con gran experiencia y un poder incontestable.

«Somos Eki y Aroa, dragones raudos» se presentó Aroa intentando que su nerviosismo no se notara.

«Yo soy Garran-Zilar-Denbo y sé quiénes sois. Los rumores y las noticias importantes llegan incluso aquí abajo, a las profundidades del subnivel tres».

La voz mental del gran dragón llegó serena y profunda. No había amenaza en ella, pero tampoco amistad.

Eki fue a responder, pero no supo muy bien qué decir.

«Ya que lo desconocéis, os lo aclararé. Estáis prisioneros en un inmenso complejo de cavernas excavadas en la roca.

La penumbra lo cubre casi todo y los ecos multiplican cada sonido, así que cuidado con lo que hacéis.

Aquí abajo no existen el día y la noche, solo la penumbra constante de las cavernas con algo de luz que proporcionan las escasas antorchas.

Esta es ahora vuestra prisión y lo será hasta el final de vuestros días».

Aroa y Eki miraron alrededor. De las profundidades llegaban rugidos de bestias que ninguno de los dos conocía. No sabían a cuánta profundidad se encontraban, pero sabían que era demasiada para pensar en una fuga.

«Gracias por la explicación» agradeció Aroa.

«¿Somos importantes?» preguntó Eki sorprendido.

El gran dragón plateado los observó un largo momento.

«Lo sois. Se dice que os habéis unido a vuestros jinetes en la rebelión contra los dragones».

Otro gran dragón rojo apareció algo más a la derecha y se acercó hasta el límite que le permitía el collar frente a su cueva.

«Yo digo que eso no puede ser, es una mentira para engañarnos».

«Este es Lehen-Gorri-On, mi mano derecha. Es un poco escéptico».

Aroa y Eki se miraron sin decir nada. Ninguno de los dos pensaba confiar en unos desconocidos, pero tampoco podían rechazar posibles aliados.

«No es prudente hablar de ciertos temas con extraños» atajó Aroa.

Lehen-Gorri-On soltó un bufido y mostró sus grandes dientes, amenazante.

«Eso quiere decir que no es verdad, nos están engañando. Te lo dije, mi señor».

Garran-Zilar-Denbo volvió a observar a los dos dragones raudos con detenimiento.

«Entiendo que sabéis quién soy».

Eki miró a Aroa antes de responder.

«Lo sabemos, sí».

«Si sabéis quién soy es por vuestros jinetes, por una en concreto».

«Así es, por mi jinete Nahia».

Al nombrarla, Eki sintió una punzada de añoranza.

Los habían separado de sus jinetes al llegar a las mazmorras y desde entonces no sabían nada de ellos.

Habían intentado comunicarse por el vínculo que los unía, pero no había sido posible.

No sabían si por el collar o por la profundidad a la que estaban.

Garran-Zilar-Denbo asintió.

«Entiendo entonces que también sabéis qué sucedió aquí».

Un rugido lejano recorrió las cavernas, pero ninguno de los dos grandes dragones le prestó atención.

De nuevo Aroa y Eki intercambiaron una mirada de duda.

«Sabemos lo que Nahia nos ha contado».

«Prudente respuesta. No os compromete» Garran-Zilar-Denbo inclinó la cabeza.

«Nos han encarcelado aquí por traición y por ayudar a los líderes de la rebelión. Es cuanto podemos decir ahora mismo».

«Lo que queremos saber no es vuestra condena, ya la conocemos. Queremos saber si es cierto. Yo me inclino a pensar que no lo es. No sois más que unos espías del Coronel. Os ha enviado aquí con esa excusa para introduciros en nuestra organización» intervino Lehen-Gorri-On.

«No digo que no pudiera ser, pero no es el caso. No trabajamos para el Coronel ni nuestra sentencia es simulada. Vamos a pasar el resto de nuestros días aquí» repuso Eki.

«Lo que dice mi compañero raudo es cierto» aseguró Aroa.

«Mi señor, no te fíes de ellos. No me creo una palabra de lo que dicen».

Garran-Zilar-Denbo miró a Lehen-Gorri-On y asintió.

«Las confianzas se ganan. De momento tendremos que contentarnos con teneros como vecinos».

Eki miró al enorme dragón plateado.

«Os podemos asegurar que no tenemos ninguna gana de estar aquí abajo».

«Nos han condenado de verdad. No hay mentira en ello…» comenzó a decir Aroa.

«Guardad silencio» envió Garran-Zilar-Denbo con un sentimiento de orden, no de petición.

Aroa y Eki se tensaron. ¿Se había molestado el gran dragón plateado?

Por el camino de plata avanzaba un nuevo carro de reparto tirado por dos Yakretils.

Las ruedas del carro chirriaban según avanzaban con la carga de carne.

Los Tergnomus que lo guiaban llevaban sus gorros de plata y cumplían su tarea entre bestias y dragones sin apartarse un paso de la senda plateada.

Los Yakretils se perdieron con el carro por una de las galerías hacia el norte antes de llegar hasta ellos.

Eki se extrañó de que fuera aquello lo que había molestado al gran dragón.

De pronto escucharon otro sonido diferente.

Este movía el viento y la brisa. Por el lado de Lehen-Gorri-On apareció un dragón volando.

Era blanco y descomunal, no tan grande como Garran-Zilar-Denbo, pero sí como Lehen-Gorri-On.

Esto les sorprendió, pero ver que lo seguían otros cinco dragones también grandes los sorprendió todavía más.

Volaban en formación cerrada detrás del blanco.

El enorme dragón blanco se posó entre las cavernas de Aroa y Eki y el suelo retumbó con su peso.

El batir de tantas alas levantó polvo y suciedad de la roca.

Aroa y Eki retrocedieron hacia el interior de sus cavernas, sin entrar en ellas.

Un dragón azul y otro marrón se plantaron frente a Lehen-Gorri-On y rugieron mostrando las fauces.

Tres más se posaron frente a Garran-Zilar-Denbo con la misma actitud.

Uno era blanco, otro negro y otro rojo. Vigilaban cada movimiento de los presos.

Aquellos dragones no venían a conversar, venían a marcar territorio.

El gran dragón blanco observó a Aroa y Eki. Tras analizarlos se dirigió a ellos.

«Soy el capitán Zuri-Txar-Bekoa y estoy a cargo de este subnivel. Me han informado de vuestra llegada. El Coronel quiere que os vigile, parece ser que sois peligrosos. Yo os veo como simples traidores y para mí todos los traidores son iguales, escoria que debe morir».

El Capitán se acercó a Aroa y Eki.

«Que no os hayan condenado a muerte es una desgracia, pero supongo que alguna razón habrá. Nunca antes habíamos tenido dragones raudos en este subnivel. Como ya habréis razonado, por muy raudos que seáis no conseguiréis salir de aquí. Eso lo entendéis, ¿verdad?».

Eki contuvo la rabia que le subía por el pecho. Discutir con aquel Capitán solo les traería problemas.

«Sí, por supuesto» respondió Aroa.

Aroa aguantó la mirada del dragón. La palabra traidores le dolía más de lo que quería reconocer. Había matado dragones de su propia especie y cargaba con ello en el alma. Apartó aquellos pensamientos, no era el momento de lamentarse, era el momento de sobrevivir.

Zuri-Txar-Bekoa miró a Garran-Zilar-Denbo y a Lehen-Gorri-On.

«Os aconsejo que no dejéis que estos otros traidores os llenen la cabeza con sus patrañas. No solo han cometido traición contra el orden establecido de los dragones, sino que han ayudado a escapar a uno de los peores enemigos que tenemos, un Rey grypho».

«Eso no ha sido demostrado» protestó Lehen-Gorri-On.

De inmediato los dragones frente a él le rugieron para que callara.

«Harías bien en guardar silencio cuando nadie se está dirigiendo a ti, traidor» advirtió Zuri-Txar-Bekoa.

El dragón rojo arrugó la frente, pero no dijo nada más ni intentó enfrentarse a los que tenía delante.

«Como podéis apreciar, ni un deslenguado y dado a la ira como es Lehen-Gorri-On se atreve a atacarnos.

Eso se debe al collar que lleva al cuello, que le impide utilizar su magia, al igual que el vuestro.

También le impide alejarse de la caverna celda, cosa que imagino ya habréis experimentado.

Todos lo hacen. Los collares de plata se han reforzado y ahora son más eficaces.

Ya no repelen, asfixian, por lo que dan mejor resultado».

Eki conocía bien aquella asfixia. Ya la había comprobado y ahora medía cada paso que daba en el borde del área de acción del collar.

«Lo hemos experimentado, sí» confirmó Eki.

«No hace falta que os diga que, si de alguna forma intentáis escapar, os daremos caza y os mataremos. Una cosa es que os hayan condenado a cadena perpetua aquí y otra muy diferente que intentéis huir».

Zuri-Txar-Bekoa mostró las fauces.

«Tengo permiso explícito del Coronel para matar a cualquier dragón, grypho u otro prisionero que intente escapar. Y es lo que pienso hacer. ¿Lo habéis entendido?».

«Sí, lo entendemos» aseguró Aroa y bajó la cabeza para que no hubiera conflicto.

«Así me gusta. Mostrad respeto, sabed que solo espero que intentéis huir para acabar con vuestras miserables vidas. Así que si queréis darme ese gusto estaré encantado de poner fin a vuestra mísera existencia».

El resto de los dragones rugieron. Eran rugidos que sonaban a reto y resonaron por las cavernas durante un buen rato. Desde las profundidades, algunas bestias respondieron con extraños rugidos y aullidos.

«No es algo que pensemos hacer» envió Eki.

«Por vuestro bien, así lo espero».

El Capitán miró luego a Garran-Zilar-Denbo.

«Te veo muy callado. ¿No nos vas a deleitar con tu sabiduría?».

«Es de sabios callar cuando los oídos de otros no quieren escuchar».

«Eso ha sido pésimo. Mejor no digas nada».

Se volvió hacia Aroa y Eki.

«Recordad lo que aquí os he dicho porque no habrá un segundo aviso. Manteneos siempre en vuestras cuevas y no intentéis nada. No podréis huir. Si lo intentáis mis soldados y yo os mataremos».

Lanzó una última mirada de advertencia a los dos y echó a volar siguiendo el camino de plata.

Los otros dragones de su grupo rugieron y luego volaron detrás de su líder.

El poder de sus alas barrió la entrada de las cavernas celda y la escolta pasó por encima de los presos rugiendo en una última demostración de fuerza.

Los vieron alejarse por el aire de la gran caverna hasta desaparecer entre las sombras.

Después volvió un silencio que pareció fúnebre, era como si los hubieran condenado a muerte.

Cuando ya estuvieron todos fuera de alcance, Garran-Zilar-Denbo habló. Su voz mental sonó grave.

«Han reforzado la vigilancia en este subnivel tras la fuga del Rey grypho.

Ahora tenemos que aguantar la presencia del Capitán y de su grupo, que patrullan todo el subnivel.

Tomaos en serio sus palabras y no intentéis nada, os matará.

Nos odia a muerte. Lo que quiere es que le demos una excusa para poder acabar con nosotros».

«Intentaremos no dársela, de momento. Pero no pensamos morir aquí de viejos» envió Eki.

Garran-Zilar-Denbo sonrió.

«Me gusta tu actitud, pequeño dragón raudo plateado».

«Creo que es algo que todos los plateados tenemos, ¿no?».

«No sé si todos, pero aquí hay dos que sí».

«Nosotros no los provocaremos sin motivo» envió Aroa. Era una advertencia a Eki.

Eki asintió y no dijo más.

Garran-Zilar-Denbo se retiró hacia el interior de su caverna y Lehen-Gorri-On lo siguió sin dejar de vigilar a los recién llegados. Las bestias del subnivel habían vuelto a sus rugidos apagados. La vida de la prisión seguía su curso.

Eki se acomodó al fondo de su caverna. La roca estaba fría y el collar le molestaba en el cuello.

El eco de los rugidos lejanos no cesaba.

Pensó en Nahia, intuyó que estaría en su celda con un collar de plata igual que el suyo o muy similar.

Deseó que conservara la esperanza. En aquel lugar costaba no perderla.

Tenían un enemigo nuevo que deseaba matarlos, pero también tenían un vecino poderoso que quería lo mismo que ellos: la libertad.