Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 2
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Capítulo 2

Eki observaba desde el interior de la caverna del subnivel tres cómo realizaban el reparto de comida.

Debía reconocer que aquel lugar era horroroso y terrible.

Sacó algo la cabeza y pudo ver a Aroa. La dragona blanca estaba a su izquierda y también observaba cómo los Tergnomus descargaban la comida con aquel extraño sistema de carretas que avanzaban por un pasillo plateado.

Podía discernir el miedo en los ojos de los Tergnomus.

Dedujo que aquel debía de ser un trabajo peligroso para ellos.

Por los rugidos que había oído desde que los habían encerrado allí abajo supo que había otros dragones muy cerca.

Intuyó que debían ser los que mataban o se comían a los Tergnomus. Le pareció algo horrible.

Aquel lugar subterráneo no solo era inmenso, sino un mundo creado para el encarcelamiento.

Algunas de las cavernas por las que habían pasado eran naturales, eso debió darles la idea para crear aquel subnivel.

La caverna en la que estaba él y la que ocupaba Aroa no eran naturales.

Un millar de Tergnomus debía de haber picado allí abajo para crear aquel mundo de cautiverio.

Se quedó pensativo. Si habían creado cuevas era porque esperaban tener dragones y gryphos como cautivos, pues eran parte de su forma de vida.

Salió de la suya solo para estirar las patas y las alas, ya que no era demasiado grande.

Al estirar las alas asustó a los Tergnomus del convoy de reparto de comida, que azuzaron a las extrañas bestias que tiraban de los carros para salir de allí lo antes posible.

Habían volcado piezas de carne frente a su cueva, pero muy cerca del camino de plata.

Según marchaban, Eki se preguntó si podría hablar con ellos.

Lo más probable era que no, pues trabajaban encogidos y sin apartar la vista.

Un rugido lejano recorrió las cavernas. La roca lo devolvió en ecos que tardaron en desaparecer.

Eki alzó la cabeza y aguzó el oído. Otro rugido respondió al primero desde algún punto más profundo.

Después llegó el silencio. En aquel mundo de piedra no había viento, agua ni aves, solo se oía el chirrido de las carretas y las pisadas de las bestias sobre el camino de plata.

Cuando el convoy se alejó, el subnivel entero quedó mudo.

El hedor de la carne se mezclaba con el olor húmedo de la tierra.

Las bocas de las otras cuevas se veían oscuras en la distancia.

Eki no podía ver qué había dentro, pero algo le decía que desde esa oscuridad otros ojos los observaban. Se obligó a apartar la mirada.

Se acercó hasta la comida y se dio cuenta de que no era fresca. Ya olía mal con un ligero aroma a putrefacción. Los dragones podían soportar la carne en bastante mal estado sin que su organismo se resintiera, pero eso no quería decir que les agradara comer alimento en malas condiciones.

«Está tan mala como la última que repartieron» llegó el mensaje de Aroa.

Eki se volvió hacia ella y asintió.

«Me temo que en este lugar la carne fresca es inviable».

Aroa volvió a oler la suya y puso mala cara.

«Si no es fresca podían al menos ahumarla o secarla. Veo gusanos en algunas de las piezas».

«Me parece que no tenemos dónde quejarnos, ni en lo referente a la caverna ni en lo referente a la comida».

«Sí, eso mismo estaba pensando. No hay un capataz o alguien con quien podamos hablar aquí abajo».

«Y tampoco carceleros, soldados o dragones de guardia a la vista».

«No los necesitan por el collar que llevamos».

Aroa estiró el cuello y se lo mostró a Eki.

El dragón plateado notaba el suyo bastante prieto.

Le molestaba, pero ya se estaba acostumbrando.

A lo que no se podía acostumbrar era a no poder usar su magia.

Alguien había creado aquel collar para anularla.

El dragón tenía conocimiento de la existencia de ese tipo de anuladores de poder, pero nunca había visto uno.

Decidió centrarse en el lado positivo, la magia y la antimagia eran un área de estudio que le interesaba y tenía tiempo para hacerlo porque no iban a salir de allí en mucho, mucho tiempo.

Como todo buen investigador, sabía que lo primero era un estudio práctico.

Avanzó hasta la comida, pero en lugar de cogerla continuó hacia el camino de plata.

«¿Qué haces, Eki? ¡Detente!» le llegó la advertencia de Aroa con un sentimiento de preocupación.

«Solo voy a comprobar una cosa» respondió él y dio un paso más.

Se produjo un destello plateado proveniente del collar de su cuello y de inmediato sintió cómo se ahogaba.

Una fuerza invisible le estrujaba el cuello.

Era la magia del collar que le cerraba la garganta para que no pudiera respirar.

Y no solo eso, el aire escapó de sus pulmones de golpe.

Se asfixiaba… Dio un paso atrás y pudo respirar de nuevo.

Se quedó quieto un momento. El corazón le golpeaba con fuerza dentro del pecho.

A su alrededor nada se había movido, la caverna seguía igual y la carne seguía en el suelo con su hedor a putrefacción.

Un rugido grave sonó entonces en la lejanía.

Eki no supo si era una advertencia o una burla.

Los otros presos del subnivel ya habrían oído a algún otro recién llegado probar el collar.

Quizá sabían cómo terminaba. Aguardó, pero el rugido no se repitió, solo quedó su eco apagado contra las paredes de roca.

«No hagas pruebas dañinas. Puedes sufrir un accidente» rogó Aroa.

«Tenemos que estudiar estos collares y sus posibles deficiencias».

«¿Posibles deficiencias?» Aroa ladeó la cabeza sorprendida.

«No hay nada perfecto y mucho menos si ha sido fabricado. No sé qué artesano ni con qué medios ha creado estos collares, pero al ser una creación podrán tener algún defecto. Mi intención es encontrarlo y usarlo».

«Siempre he admirado esa mente de estudioso que tienes, pero quizás no sea el momento de estudiar este tipo de cosas».

Eki agitó la cola quitándole peso al asunto.

«No te preocupes, no voy a matarme».

«Espero que no. ¿Y si te lesionas de alguna forma? Podrías quedar lisiado para siempre. Aquí no hay nadie para ayudarnos si las cosas van mal. Si algo te sucede por poner a prueba el collar pagarás las consecuencias y no habrá vuelta atrás».

Eki removió con una garra uno de los pedazos de carne del suelo.

«Gracias, Aroa. Sé que te preocupas por mi bienestar, pero ahora mismo creo que es momento de arriesgar si queremos salir de aquí».

«Acabamos de llegar. Llevamos muy poco tiempo encerrados aquí abajo, ten un poco de paciencia. No te apresures».

«Esas son características que tanto aprecio de ti, tu paciencia y tranquilidad. Yo no tengo tantas».

Eki avanzó de nuevo y esta vez fue hacia la izquierda en dirección a otra cueva algo más abajo siguiendo el camino de plata. Por un momento no sucedió nada, puesto que no se acercaba al camino sino a la pared de roca. Iba en diagonal alejándose de su propia cueva.

Y volvió a suceder. El collar destelló en plata y lo estranguló. Se quedó sin aire y comenzó a asfixiarse. Aun así, dio un paso más hacia delante para ver qué sucedía.

«¡Eki, no lo hagas! ¡Vuelve atrás!» rogó Aroa con un sentimiento de miedo por su vida.

No podía enviarle el mensaje de respuesta porque se estaba asfixiando.

Aguantó un poco más para ver si el collar llegaría a matarlo y de alguna forma supo que sí.

Aquel objeto estaba hecho no solo para que no pudieran usar su magia sino también para que no pudieran escapar y eso incluía estrangularlos hasta la muerte.

Como Aroa bien había dicho, allí no había nadie para ayudarlos ni socorrerlos.

Si el collar actuaba, lo haría hasta las últimas consecuencias.

Estaba a punto de colapsar y sabía que no habría vuelta atrás, así que retrocedió un momento antes de quedarse sin sentido.

«Eki, despierta. ¿Estás bien?» llegó la pregunta de Aroa. La voz le llegó lejana y apagada.

«Vamos, despierta. Me estás alterando mucho».

Eki tardó un momento en volver en sí. Su mente tenía problemas para reponerse tras la falta de aire.

«Estoy bien… He perdido el conocimiento… por la falta de aire…».

«¿Seguro que estás bien?».

«Lo estaré en un momento».

«¿Puedes ponerte en pie?».

Se había dado cuenta de que estaba tumbado en el suelo. Respiró varias veces y su mente volvió a funcionar como debía.

«Déjame que lo pruebe».

Con un esfuerzo consiguió ponerse en pie. Sintió un leve mareo al hacerlo y trastabilló.

«No me parece que estés bien» Aroa no apartaba los ojos de él.

«Dame un momento más» pidió Eki. No se movió y se quedó sobre las cuatro patas sin extender las alas.

«No entiendo por qué has hecho eso. Ya te he dicho que es demasiado peligroso. No les importa si morimos aquí, nos han condenado a pasar el resto de nuestra existencia en esta prisión y lo larga o corta que sea no les importa lo más mínimo».

Eki asintió.

«Sí, eso podemos darlo por comprobado».

«Hay muchas cosas que podemos dar por comprobadas y sin necesidad de arriesgar la vida para hacerlo. No lo hagas, por favor, te lo ruego. Me has dado un susto de muerte».

La dragona blanca agachó la cabeza hasta quedar a su altura.

«Tienes razón. No he sido prudente, pero no te preocupes, intentaré serlo de aquí en adelante».

Eki se acercó hasta donde estaba Aroa. Era el límite del alcance de su cueva.

«Déjame verte» pidió Aroa y lo examinó de arriba abajo.

«Estoy bien. Ya se me ha pasado el mareo» intentó tranquilizarla Eki.

Un ruido sordo llegó desde su derecha. Era como piedra contra piedra. Después sonaron unas pisadas que hacían temblar el suelo de la caverna. Eki sintió la vibración en las garras. Algo enorme se movía muy cerca de ellos. Los dos raudos se quedaron inmóviles.

Las pisadas se detuvieron y nada volvió a moverse.

«Será mejor que no pongáis a prueba el collar. Es muy efectivo y si os mata nadie llorará vuestra muerte en este lugar» llegó un mensaje con un sentimiento poderoso y de advertencia.

Aroa y Eki se volvieron. Delante de la cueva que quedaba a la derecha de la de Aroa había un dragón descomunal de escamas plateadas. Eran los ojos que había sentido en la oscuridad.