Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9)
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Capítulo 1
Nahia se despertó y sintió que seguía dentro de una pesadilla de la que no podía escapar.
Todo a su alrededor era negrura pese a que había abierto los ojos.
En cierto modo seguía en ella, ya que estaba en su celda en las mazmorras de Drakoros.
El frío de la roca se le metía en los huesos.
Olía a humedad y a piedra vieja y el silencio era tan profundo que podía oír su propia respiración.
La pesadilla iba a durar una eternidad si no moría antes, y morir era algo muy probable en aquel lugar.
Los dragones la habían descubierto y condenado, pero al menos estaba viva.
Respiró profundamente varias veces para tranquilizarse.
Llevaba ya días encerrada, pero no conseguía hacerse a abrir los ojos y encontrarse en aquella penumbra.
Sabía que era solo cuestión de tiempo y que al final terminaría acostumbrándose, pero aquellos primeros días de prisión se le estaban haciendo muy duros.
Se acercó hasta la puerta de la mazmorra y se pegó a la mirilla.
Quería mirar fuera, pero no podía, ya que la abertura se descorría por el otro lado.
Sabía perfectamente qué había en el exterior, un largo y poco iluminado pasillo que ella misma tantas veces había limpiado en su tiempo en la academia.
Recordó los castigos y el tiempo pasado allí.
Estaba en el primer subnivel de las mazmorras.
Aguzó el oído, pero no escuchó nada, ni pasos de algún carcelero ni de un brujo castigado a labores de mantenimiento.
Tampoco le llegó el sonido sibilante de un Serpetuss.
Aquellas criaturas le erizaban la piel pese a las veces que las había visto.
La situación era mala, muy mala, pero había una cosa positiva a la que Nahia se agarraba con todo su ser.
—Logan —llamó.
Casi al momento oyó los pasos de Logan en la celda al otro lado del pasillo, que se acercaban al visor de la puerta.
—Nahia —respondió él.
Nahia salió de su pesadilla solo con oír su voz. Estaban encerrados en las mazmorras, pero estaban juntos y vivos y conseguirían salir adelante de alguna forma, aunque en aquel momento su situación no indicara que así fuera a ser. Más bien todo lo contrario.
—¿Estás bien? —quiso saber Nahia.
—Sí, ¿tú?
—Ahora mucho mejor.
—Es la oscuridad de este lugar, te come el alma —su voz atravesó el pasillo de la mazmorra y rompió por un momento la densa atmósfera de desamparo.
—Oír tu voz me la llena.
—La tuya a mí también. ¿Has hecho los ejercicios?
Nahia resopló. No podía creer que Logan pensara en eso en aquel momento.
—Sí, hago los ejercicios todos los días… o noches, no sé. Siempre después de que nos traen la comida diaria.
—Muy bien, sigue haciéndolos. No podemos perder músculo y quedarnos atrofiados.
—Ya… Me imagino que estoy de vuelta en la academia, entrenando en el gimnasio.
—Eso es. Que nos encierren no quiere decir que puedan con nuestro cuerpo ni con nuestra mente. Debemos mantenerlos en forma.
Nahia sabía que Logan tenía razón, como siempre. Él era mucho más racional y de mente más fría que ella. En algún lugar de las mazmorras un goteo lejano marcaba el paso del tiempo. Era el único sonido que los acompañaba en la penumbra.
—Los mantendremos, no te preocupes.
—Puedes levantar el catre como ejercicio de fuerza, es lo que yo hago.
—Serás bruto… Prefiero pensar en cómo salir de aquí.
—¿Alguna idea?
—Si pudiera quitarme este collar de plata que me han puesto usaría mi magia, quemaría la puerta y la mitad de las mazmorras —Nahia tocó el collar macizo que le impedía usar su magia.
—No lo intentes forzar o te asfixiará.
—Ya, la última vez casi me manda al mundo de los espíritus.
—Es una medida muy inteligente para mantenernos encerrados. No podemos usar nuestra magia y si intentamos quitarnos el collar moriremos asfixiados. Los dragones son listos.
—Más que inteligentes o listos lo que son es bestiales y sin entrañas.
—Sí, eso también… —Logan se pasó la mano por el cuello donde tenía una parte magullada por haber intentado quitarse el collar y haber sido asfixiado.
—¿De cabeza vas bien? —a Nahia le preocupaba más ese aspecto que el físico. Vivían en una eterna noche, solo veían luz cuando abrían el visor de la mirilla y la puerta para traerles o retirarles comida y agua. Y duraba solo un momento.
—Sí, tranquila —la voz de Logan sonó serena al otro lado del pasillo—. Aguanto. Mientras podamos hablar, podremos superar la oscuridad.
—Sí, eso creo yo también —Nahia se llevó las manos a las sienes—. Aguantaremos, seguro. Me viene una duda a la cabeza.
—Dime.
—¿Por qué crees que nos han puesto tan cerca? Podrían ponernos separados. Las mazmorras son enormes, ni gritando nos oiríamos.
Logan bajó la mirada.
—Puede que sea adrede.
—¿Por qué?
—Para escucharnos.
Nahia alzó la vista al techo de roca que apenas distinguía. La piedra rezumaba humedad en algún rincón de la celda.
—Sí, eso tendría sentido… Nos espían… para saber más sobre la rebelión.
—Eso creo, sí.
—Pues solo hablaremos de nuestro amor. Se aburrirán de oírnos querernos.
Logan soltó una carcajada.
—Muy buen plan.
—Hay otra cosa que no puedo quitarme de la cabeza.
—¿Algo que te preocupa?
—Sí, es el Oráculo…
—¿Qué te preocupa de él?
—Que no nos ejecutó, nos condenó a perpetuidad aquí. Creo que está buscando alguna visión en la que aparezcamos y que sea significativa para él.
—Nos tiene a su alcance aquí, sí. Encerrados y a su disposición si desea matarnos. Esperemos que no tenga una visión que conlleve nuestra muerte.
—Eso es mucho esperar —Nahia torció el gesto—. No creo que tengamos tanta suerte.
—Entonces hay que buscar una forma de salir de aquí antes de que ocurra.
Nahia sonrió.
—Eso está hecho. Yo me encargo.
Logan captó el tono de broma en las palabras de Nahia. Salir de allí tal y como estaban, encerrados en mazmorras y sin magia, lo veía casi imposible, pero no iba a desanimarla.
—Lo lograremos, por muy desesperada que parezca ahora la situación.
Ella asintió. La desesperanza no iba a derrotarla. Además, tenía aliados en aquel lugar.
—Me pregunto cómo estará Egil…
—Seguro que aguanta, pese a todo.
—Sí, no conozco a nadie con mayor entereza y fortaleza mental. Bueno, y su inigualable inteligencia.
—Lo tenían en este mismo subnivel, ¿verdad?
Nahia suspiró.
—Sí, espero que no lo hayan movido después de lo que pasó con la fuga.
—¿Sabes dónde?
—No está muy lejos de nosotros. Hay que seguir por este pasillo hasta el final, luego torcer a la izquierda y seguir casi hasta el final de ese pasillo.
—¿Crees que nos oiría si gritamos?
—Podemos intentarlo, no creo que haya guardianes ahora por aquí.
—Intentémoslo. ¡Egil! —gritó Logan.
—¡Egil! —se unió Nahia a pleno pulmón.
—¡Egil, estamos aquí! —volvió a gritar ella.
—¿Nos escuchas, Egil? —lo intentó Logan.
Por un largo rato ambos gritaron en dirección al final del pasillo con la esperanza de que el sonido de sus voces llegara hasta la mazmorra donde lo tenían encerrado. Sus voces resonaban contra la roca y el eco las devolvía multiplicadas.
—Vamos, Egil. Tienes que escucharnos —insistió Nahia con la voz ya casi afónica de tanto gritar.
De repente escuchó un sonido fuera de la mazmorra y se animó. Podía ser la respuesta de Egil que les llegaba amortiguada. Después solo hubo silencio.
Nahia pegó el oído a la mirilla, esperanzada, y contuvo la respiración. El visor se abrió de golpe.
Miró sorprendida y se encontró con dos ojos reptilianos y una lengua bífida. Un siseo tenebroso llegó desde el otro lado y vio dos grandes colmillos que se acercaban a su rostro.
Dio un respingo y se fue de espaldas. Desde el suelo oyó el roce de las escamas de la criatura contra la piedra. Por el visor entró la lengua del Serpetuss, que volvió a sisear amenazante. Un olor pestilente llenó la celda. Luego la criatura se volvió y fue hacia la mazmorra de Logan.
—¡Cuidado, es un Serpetuss! ¡Apártate de la mirilla! —advirtió Nahia.
La terrorífica criatura abrió de un golpe con el morro el visor de Logan e intentó entrar con sus fauces.
Logan ya se había apartado al escuchar la advertencia.
Durante un rato el vigilante nocturno de los pasillos se quedó entre las dos mazmorras soltando siseos.
Su sonido sibilante llenaba la oscuridad del pasillo.
Nahia permaneció inmóvil con el corazón acelerado mientras los siseos recorrían el pasillo.
Ninguno de los dos dijo nada. Estaba muy claro que el Serpetuss no quería que hablaran.
También había quedado claro que no podían gritar.
De día atraerían a los guardias o limpiadores y de noche a los Serpetuss, tendrían que encontrar otra forma de comunicarse con Egil.
Lejos de donde estaban, pero en el mismo subnivel, Egil sonreía. Miraba por el visor de su mazmorra, que estaba abierto y observaba en silencio a otro Serpetuss que patrullaba su pasillo. La luz escasa recortaba la silueta de la criatura.
No había respondido a los gritos de Nahia y Logan, pero los había oído.
Pasar tanto tiempo encerrado en aquel mundo subterráneo le había afinado el oído hasta tal punto que podía captar el más mínimo roce en gran parte del subnivel.
Por gritos no podían comunicarse, era demasiado obvio y peligroso.
Ya tenía otra forma de hacerlo y la usaría, ahora que sabía que estaban allí.
Le apenaba que estuvieran prisioneros como él, pero al mismo tiempo no podía evitar alegrarse.
Esto le daba una oportunidad única de salir y, por supuesto, se iba a llevar a Nahia y Logan con él.