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—¡Tres segundos, Marc! ¡No tengo más espacio! —el gemido de Mía entra por el auricular como un susurro desesperado que me corta las tripas.
—Bébete esto, Barcino —rujo con todas las fuerzas de mis pulmones, pegando un puñetazo definitivo a la tecla
ENTER
Fuerzo una orden de cortocircuito simultáneo masivo en la red de seguridad contra incendios del sector subterráneo de la terminal de Sants.
OVERRIDE_SAFETY: FIRE_SYSTEM_SANTS_UNDERGROUND
EXECUTING DETONATION: WATER_VALVES_ALL
STATE: ACTIVE
El monitor se funde a negro por la sobrecarga.
Abajo, en el pasillo de servicio de las taquillas blindadas, las válvulas de alta presión de los aspersores de techo y las alarmas de inundación industrial revuelan con un chasquido sordo.
Una cortina masiva de agua a presión, densa, helada y con la fuerza de una manguera de bomberos, estalla desde el techo de hormigón directamente sobre las cabezas de Mía y el ejecutor de Barcino.
El impacto hidráulico ciega por completo al sicario, bloqueando su línea de visión y llenándole los ojos de agua justo en mitad de su duda agónica.