76
La cortina de agua helada me empapa la cara, pero mi hiperfoco militar ya ha calculado el movimiento. Aprovecho el segundo exacto en el que el líder de Barcino tuerce la cabeza y parpadea, cegado por la presión del agua de los aspersores.
Libero los hombros de la pared de la taquilla, flexiono las rodillas y descargo un cabezazo reglamentario de manual de las Fuerzas Armadas con todas las fuerzas que me quedan.
Impacto la parte superior de mi frente, la más dura de mi cráneo, directamente contra el tabique nasal y la boca de su rostro desprotegido. ¡CRACK!
El sonido del hueso rompiéndose es seco, rotundo, perfecto.
El ejecutor suelta un alarido de dolor ahogado, llevándose las manos a la cara mientras la sangre brota entre sus dedos enguantados, mezclándose con el agua del techo.
La pistola semiautomática se le escapa de los dedos, cayendo sobre el hormigón inundado del pasillo.
Con un movimiento limpio y preciso, le arrebato el arma del suelo antes de que pueda reaccionar, le pego un empujón que lo estampa contra las columnas de servicio y recojo el maletín de titanio entre mis botas.
El contador digital parpadea marcando los últimos dígitos de la hora cero en una pantalla que entra en colapso: 00:05... 00:04... 00:03...
No miro atrás. Lanzo el bloque de metal dentro del cubículo de plomo de la taquilla 104 con un movimiento desesperado.