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El cañón de acero negro se apoya firmemente en el espacio entre mis cejas, helándome la piel. Noto el peso del percutor listo para liberar la bala que me volará los sesos contra el metal de la taquilla.
Mi expediente. Cinco años cargando con aquella mentira y el hombre que me apunta con la pistola habla de ella como si le perteneciera…
—Se acabó el juego —dice el líder de Barcino. Su voz es un susurro sordo, monótono, libre de cualquier atisbo de duda—. Aparta las manos del maletín.
No forcejeo. No intento golpear el arma. Mantengo el cuerpo laxo, adoptando la postura de rendición absoluta que desarmará su tensión muscular.
—Si me disparas, el maletín caerá —le digo, y mi voz suena tan fría, firme y monótona que el propio ejecutor parpadea por la sorpresa—.
No sé qué demonios lleva dentro. Solo sé que, si toca el hormigón, ninguno de los dos saldrá vivo de este pasillo.
Piensa si tu corporación te paga lo suficiente para evaporarte en este subsuelo.
El asesino clava los dedos en el gatillo de la pistola. Sus pupilas se dilatan. Ve el temporizador marcar 00:45 en el suelo. Duda. Tres segundos agónicos en los que su mente corporativa calcula el riesgo del impacto. Tres segundos que son todo lo que necesito.