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Salto por encima de los tornos de seguridad apagados de un solo impulso, ignorando el desgarro de dolor de mi muslo herido. Los dos falsos operarios de mantenimiento de Barcino sacan sus subfusiles compactos de las chaquetas al unísono.
—¡Alto! —brama uno de ellos.
No me detengo. Me lanzo de cabeza hacia las escaleras mecánicas paradas que descienden hacia las vías subterráneas del AVE.
¡Pum, pum, pum!
El estruendo de las detonaciones automáticas retumba bajo la techumbre de hormigón de la estación.
Los proyectiles impactan de lleno contra las inmensas pantallas de metacrilato y los paneles publicitarios que flanquean las escaleras, reventándolos en una lluvia ensordecedora de fragmentos afilados que cae sobre los escalones metálicos.
El tiroteo desata el pánico masivo en el vestíbulo.
Los cientos de pasajeros que protestaban empiezan a gritar de terror, rompiendo las líneas de contención y corriendo en estampida hacia las salidas exteriores en una marea humana incontrolable.
Los viajeros que intentaban subir por las escaleras se dan la vuelta, evacuando el andén subterráneo entre empujones y caídas.
Me deslizo por el metal de la barandilla de las escaleras mecánicas paradas.
Siento el impacto sordo de una bala perdida rozando una esquina del maletín, haciendo vibrar su núcleo inestable contra mis costillas.
El pitido del titanio sube de frecuencia.
Estoy bajando directa a las entrañas oscuras de los andenes subterráneos, con los tiradores pisándome los talones en mitad de la estampida.