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—No en mi ciudad —rujo, aporreando los comandos de iluminación de seguridad de las vías.
ROUTING HIGH_VOLTAGE PULSE...
EXECUTING FLASH_STROME
Las tres pantallas de mi mesa de control parpadean en blanco.
Abajo, en el túnel subterráneo de Sants, las hileras de focos halógenos industriales y las balizas de cambio de aguja se encienden al unísono con un destello estroboscópico, blanco y cegador de miles de lúmenes que corta la penumbra de las vías como un relámpago continuo.
El fogonazo de alta intensidad coge a los dos tiradores de Barcino con las pupilas dilatadas por la oscuridad.
Escucho sus maldiciones rotas a través del micrófono ambiental de la estación mientras se tapan los ojos con los brazos, completamente cegados y perdiendo el ángulo de tiro en mitad de la luz blanca.
—¡Ahora, Mía! —le grito por el pinganillo—. ¡Están ciegos! Tienes la zona de carga libre a tu derecha. ¡Muévete ya!