Tiempo Límite 69
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—¡A los andenes, Mía! ¡Muévete ya! —grita Marc, rompiéndome el tímpano.

Ya no hay espacio para el sigilo. Echo a correr arrastrando los pies, abriéndome paso a empujones entre una familia de turistas y un grupo de ejecutivos que protestan a gritos.

A mi espalda, el crujido metálico de tres pistolas al salir de sus fundas desata los primeros murmullos de pánico entre la multitud.

Llego a la línea de tornos de acceso a las vías de alta velocidad, pero las mamparas de cristal templado están completamente selladas por el bloqueo informático de Barcino. Es un muro insalvable para cualquiera.

No para mí. Apoyo las dos manos sobre el acero inoxidable del torno, flexiono las rodillas soportando el pinchazo de dolor de mi muslo y me impulso con la técnica de salto de obstáculos que repetí mil veces en el patio de instrucción de la UME.

Mi cuerpo vuela por encima de la barrera de seguridad.

El titanio del maletín aguanta el golpe y yo caigo pesadamente al otro lado, rodando sobre el pavimento para amortiguar la caída.

Me pongo en pie de un salto justo cuando el primer disparo con silenciador impacta en el suelo, levantando una nube de polvo de granito a pocos centímetros de mis botas.