Tiempo Límite 68
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El vestíbulo de la Estación de Sants es un hervidero de luces parpadeantes y voces crispadas.

Cientos de pasajeros se agolpan frente a los paneles informáticos completamente negros, exigiendo explicaciones a unos trabajadores de Renfe desbordados.

El suelo de granito resbala por la humedad que arrastro de la tormenta de Poblenou, y mi pierna herida protesta a cada paso, recordándome que voy al límite de mis fuerzas.

—Mía, sal de la nave central —la voz de Marc suena ahogada por la estática en mi oreja—. Han saltado las cámaras de seguridad perimetrales. El software de reconocimiento facial del vestíbulo no responde a mis comandos. Está infectado. Os está buscando a ti y al maletín.

Miro hacia arriba, al nido de cámaras que cuelga del techo técnico de la estación.

Una de las ópticas domóticas gira sobre su eje con un chasquido mecánico y se detiene apuntando directamente hacia mi posición.

Una luz roja, parpadeante y acusadora, se enciende en su base.

Al fondo del pasillo principal, cerca de la zona de cafeterías, tres hombres con trajes oscuros y cortes de pelo militares se giran al unísono hacia mí, alertados por sus teléfonos móviles. Me han localizado.