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Cruzo la última intersección de la calle Aragón de forma temeraria y meto la BMW en la rampa que desciende hacia las inmediaciones de la Plaza de los Países Catalanes.
Reduzco las marchas a ráfagas, escuchando el petardeo del motor de gran cilindrada reverberando en las paredes oscuras de los edificios de oficinas que rodean la explanada.
La Estación de Sants se recorta frente a mí como una inmensa silueta gris, muda y sepultada en la más absoluta oscuridad de la madrugada barcelonesa.
El gran complejo ferroviario, habitualmente iluminado por pantallas gigantes y rótulos de neón, parece ahora un búnker de hormigón abandonado tras una catástrofe.
El Proyecto Barcino ha completado la desconexión perimetral del sector de transporte; no hay una sola luz encendida en las inmensas cristaleras de la entrada principal.
Detengo la moto sobre la acera peatonal de la plaza, junto a las icónicas techadas metálicas, dejando que el motor se apague con un último suspiro ahogado.
Las manos me tiemblan de forma incontrolable sobre los puños del manillar.
Me bajo de la moto cojeando, sintiendo el frío húmedo de la sangre pegándome el pantalón al muslo herido.
Me quito el casco de un tirón y cojo el maletín. El indicador naranja parpadea con una velocidad agónica, emitiendo un pitido interno que se clava en mis oídos. Los dígitos fijan la frontera psicológica del colapso final en una cuenta atrás irreversible: 013:00.
Quedan exactamente diez minutos reales de juego antes de que el núcleo térmico del maletín alcance el punto crítico. Miro la entrada desierta de la estación. Sants es una ratonera oscura, y me toca adentrarme en ella sola.