Tiempo Límite 65
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—Lo tengo encima, Marc —la voz de Mía entra rota por los auriculares, ahogada por el viento y el rugido de los motores—. ¡Me va a embestir otra vez en el cruce de Muntaner!

Fijo los ojos en la cámara analógica de la subestación eléctrica de la calle Muntaner, una de las pocas que todavía emite una señal borrosa en blanco y negro. Veo la silueta de la BMW GS volando por el carril bus y el todoterreno negro pisándole los talones a menos de un metro.

No tengo control sobre el coche perseguidor, pero sí tengo acceso al panel de distribución de media tensión de la acera de Muntaner.

Tecleo una línea de código destructiva, forzando un bucle de sobrecarga masiva en los transformadores de corriente de la manzana. Saturan las líneas en tres, dos, uno...

OVERLOAD_TRIGGER: SUBSTATION_MUNTANER_T4

EXECUTING SHORT_CIRCUIT...

Un estallido de chispas azules y naranjas ilumina la pantalla como un relámpago en mitad de la noche de Muntaner.

El transformador subterráneo revienta en una pequeña deflagración que fractura las baldosas de la acera.

La onda de choque y la tensión acumulada hacen que un pesado poste de luz metálico de fundición se parta por la base, desplomándose en diagonal sobre la calzada con un crujido de hierro espantoso.

Mía pasa por debajo del poste justo un milisegundo antes de la caída.

El todoterreno negro no tiene tiempo de reaccionar.

El poste de acero impacta de lleno contra el capó del vehículo, aplastando el motor, reventando el parabrisas en una nube de cristales y frenando el coche en seco en mitad de una cortina de chispas y vapor de agua.

El último perseguidor de Barcino en el Eixample está fuera de juego.