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Giro el puño del acelerador a tope y los ciento treinta caballos de la BMW GS se desatan con un rugido ensordecedor que hace temblar los cristales de las naves de Llull. La rueda trasera patina sobre la gravilla del callejón, muerde el asfalto y me lanza disparada hacia la salida del Poblenou.
Sé que los operativos de Quim están convergiendo hacia el concesionario por la calle Llacuna. Si salgo de forma normal, me estamparé de frente contra sus todoterrenos.
Aplico doctrina de evasión táctica: el factor sorpresa es lo único que me queda. Cruzo la intersección y, en lugar de buscar las avenidas en dirección al mar, meto la primera marcha en dirección contraria por la calle Aragón.
Vuelo en sentido opuesto a la marcha por los carriles vacíos de una de las arterias principales de Barcelona. A ambos lados, los portales oscuros y los árboles del Eixample desfilan como fantasmas grises en una pesadilla. Es una temeridad suicida, pero funciona.
Miro de reojo por los espejos retrovisores de la BMW.
A lo lejos, en el cruce con la Rambla del Poblenou, los faros de dos de los todoterrenos negros de Barcino asoman a toda velocidad.
Clavan los frenos al unísono, haciendo chirriar los neumáticos al verme avanzar en dirección contraria por los carriles del lado opuesto.
Se quedan clavados en mitad de la calzada, bloqueados por su propia inercia y por la mediana, intentando maniobrar a la desesperada para dar la vuelta en un entorno urbano que no dominan.
Les he ganado tres manzanas de ventaja de un solo golpe. Apuro la tercera marcha y meto la moto en el carril central, esquivando las primeras furgonetas nocturnas que avanzan de frente de forma aislada.