59
Me quedo de pie sobre él, respirando a bocanadas, limpiándome el hilo de sangre que me corre por la mejilla.
El dolor de mi muslo izquierdo es un frío entumecimiento que me sube por la cadera, pero el hiperfoco de la UME sigue bloqueando la fatiga.
Miro a Quim, atrapado e indefenso bajo el puntal de acero de la nave industrial.
Me agacho a su lado, ignorando sus insultos ahogados, y registro los bolsillos de su chaqueta de sarga con movimientos rápidos y militares. Le arrebato su teléfono móvil, un terminal blindado con encriptación militar, y un manojo de llaves con el emblema de BMW.
—¿Dónde está el vehículo de reserva, Quim? —le pregunto, arrimando la punta del destornillador plano a escasos centímetros de su tabique nasal. Mi voz es tan fría y monótona que ni yo misma la reconozco.
Quim escupe un hilo de saliva sangrienta hacia un lado, mirándome con un odio puro que le deforma las facciones. Saborea la derrota en mitad del polvo del Poblenou.
—En la entrada del pasaje de servicio... —masculla entre dientes, apretando los puños contra el hormigón del suelo—. Detrás de las puertas de chapa verde de la cochera de la fundición. Ya da igual, nena. No vas a salir viva de este distrito. El apagón ya está en marcha.
No pierdo ni un segundo en responderle. Cojo el maletín, me doy la vuelta y salgo de la fundición abandonada a la carrera, cojeando pero ganando velocidad hacia el callejón de servicio que conecta Llacuna con Llull.
Detrás de las puertas de chapa verde corroídas por el óxido, encuentro la máquina: una BMW R 1250 GS de color negro mate, una bestia de gran cilindrada oculta bajo una lona táctica como vehículo de escape perimetral.
Una moto con suficiente potencia como para cruzar Barcelona en diagonal en pocos minutos, ignorando los baches, las aceras y los bloqueos.