Tiempo Límite 58
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El interior de la antigua fundición es una catedral de vigas de hierro oxidadas, escombros de hormigón y una oscuridad densa que los sutiles rayos de luna apenas consiguen raspar a través del techo semiderrumbado.

El aullido lejano de la alarma del concesionario llega amortiguado por los muros de ladrillo refractario.

Quim se detiene en mitad de la nave principal. Su linterna táctica barre los rincones oscuros, buscando mi silueta térmica.

—Sé que estás aquí, nena —su voz resuena con un eco metálico y gélido en el vacío del almacén—. Tu amigo no te va a salvar esta vez. Entrega el maletín.

No respondo con palabras. Salgo de la sombra de una columna de hierro a su flanco ciego, arrojando todo el peso de mi cuerpo contra sus hombros en una emboscada seca y violenta.

Quim reacciona con una velocidad pasmosa que delata años de entrenamiento.

Gira sobre su propio eje, desvía mi trayectoria con el antebrazo izquierdo y me suelta un golpe seco con la culata de la pistola que me impacta directamente en el pómulo izquierdo.

Veo las estrellas. Caigo de rodillas sobre los cascotes, tragando polvo de yeso, pero la furia de quien no tiene nada que perder me pone en pie de inmediato.

El traidor alza el arma para apuntarme a la cabeza, pero soy más rápida. Doy un paso lateral, esquivo el cañón por milímetros y hundo el talón de mi mano abierta de abajo hacia arriba directamente contra su barbilla.

El impacto hace que su mandíbula castañee con un golpe seco. Su cabeza se desplaza hacia atrás con violencia. Quim suelta un gemido ahogado y la pistola sale despedida de sus dedos, perdiéndose entre los escombros de la nave.

A pesar de la sacudida, el limpiador me agarra por las solapas de la chaqueta de reparto, arrastrándome consigo en una melé brutal sobre los escombros.

Nos golpeamos las costillas, rodando entre los hierros oxidados.

Su experiencia corporal es fuerte, pero yo cuento con la disciplina mental de la UME y la agilidad que da el instinto de supervivencia puro.

Logro liberar mi mano derecha, aferro el mango del destornillador plano y lo clavo con saña en el espacio blando del hombro del traidor, justo por encima de la placa protectora de su chaleco.

Quim suelta un alarido de dolor real. Su agarre se afloja. Aprovecho el segundo exacto para apoyar mis botas contra su pecho y empujarlo con todas mis fuerzas hacia atrás.

Su cuerpo vuela un par de metros y se estampa de espaldas contra unas inmensas estructuras metálicas y perfiles de acero apilados en la pared de la fundición.

El hierro cede bajo el peso de su cuerpo con un estruendo brutal.

Un puntal de hierro cae directamente sobre su pierna derecha, atrapándolo contra el suelo en un cepo de metal inamovible.

Quim se queda inmóvil, jadeando entre escombros, con los ojos inyectados en sangre y el hombro empapado en rojo. Fuera de combate.