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— ¡Movimiento en el sector sur! ¡Impacto de cristales en Llull! —brama una de las voces por la radio interceptada—. ¡Todos los operativos, converged en la esquina del concesionario ya!
Escucho el eco de las botas tácticas corriendo a la desesperada sobre el asfalto desierto, alejándose de mi posición.
Los haces de sus linternas barren la calzada en dirección a la falsa alarma en un staccato de luces blancas que se difumina en la esquina.
La formación se ha roto. El abanico de Barcino ya no existe.
Me asomo al pasaje de servicio que conecta Llull con Llacuna.
Entre la densa nube de humo blanco que el Skoda Octavia dejó flotando en la intersección, distingo una silueta solitaria que avanza despacio en dirección contraria a sus hombres.
Es Quim. Su instinto le ha hecho oler el engaño; no ha corrido hacia los cristales rotos.
Se adentra a pie en el patio interior de la antigua fundición de ladrillo deshabitada de la calle Llacuna, con la pistola alzada.
Está solo. Sin el escudo de sus todoterrenos. Sin el apoyo de sus mercenarios tácticos.
Siento el frío del destornillador plano en la palma de mi mano derecha.
El Proyecto Barcino me destruyó la vida una vez desde sus despachos blindados; ahora tengo a su ejecutor a diez metros de mí en una nave vacía.
Me interno en la penumbra del patio industrial en silencio, siguiendo sus pasos sobre la tierra batida, convertida por primera vez en la cazadora.