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Me pego al muro de hormigón de la calle Llull, justo en la esquina con Llacuna, presionando el transceptor de radio del operativo inconsciente contra mi oreja derecha. La frecuencia militar emite un siseo bajo y limpio que corta el silencio de la madrugada.
— Atención, unidades a pie —la voz de Quim resuena por el altavoz, fría, desprovista de cualquier rastro de prisa—.
El rastreo térmico indica que la chica sigue en el cuadrante de Pujades.
Cerrad el cordón de búsqueda en el cruce de Llacuna con Llull.
Si intenta romper la línea hacia el sur, fuego a discreción.
Están a menos de cien metros de mi posición, moviéndose en sincronía táctica. Si avanzan una manzana más, me cazarán de frente contra la fachada acristalada de la oficina inteligente. Necesito sacarlos de mi trayectoria. Necesito romper su formación.
Miro a mi alrededor, buscando una distracción en el entorno industrial que tan bien conozco.
En el solar en obras de la acera de enfrente, apoyado contra una valla de obra metálica, hay un palé de madera de pino pesado, astillado y húmedo por la noche.
Un par de metros más allá, cruzando la calzada a oscuras, se alzan los inmensos escaparates de cristal templado de un concesionario de vehículos que hace esquina.
Dejo el maletín en el suelo, protegido en el rincón más oscuro del portal. Corro hacia el solar, arrastrando la pierna ensangrentada, y agarro el palé por los travesaños inferiores. Los músculos de la espalda me protestan por el esfuerzo.
Con un gemido entre dientes, alzo la estructura de madera y la lanzo con todas mis fuerzas directamente contra la gran cristalera del concesionario.
El impacto es brutal. ¡CRASH!
El inmenso panel de cristal estalla hacia el interior de la exposición en una cascada ensordecedora de miles de fragmentos que repican contra el suelo pulido.
El estruendo corta la noche de Poblenou como una bomba.
Inmediatamente, la alarma interna de alta frecuencia del local empieza a aullar, rompiendo el silencio del distrito tecnológico.