Tiempo Límite 55
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Rodeo la parte posterior de una nave industrial abandonada de ladrillo, moviéndome entre los contenedores de basura y las sombras proyectadas por las pasarelas metálicas del Poblenou.

El mapa de frecuencias que Marc me inyecta en el terminal me permite esquivar las luces de los todoterrenos que patrullan la calle Llull.

De repente, una silueta se recorta en mitad del pasaje oscuro, a menos de cinco metros de mí.

Es uno de los operativos a pie de Quim. Viste chaleco táctico negro y avanza de espaldas a mi posición, barriendo los portales con su linterna térmica.

Lleva un subfusil compacto colgado de una correa de tres puntos y el receptor de radio acoplado a la altura del hombro emite pequeños destellos de estática baja.

Avanzo en silencio, amortiguando mis pasos militares sobre la tierra batida del callejón desierto. El dolor del muslo desaparece bajo una descarga masiva de adrenalina pura. Me acerco por su flanco ciego, midiendo la distancia en un milisegundo.

Antes de que note el desplazamiento de aire, le paso el brazo derecho alrededor del cuello, cerrando una llave de estrangulación.

Encajo su laringe en la flexión de mi codo, presionando mi bíceps y el antebrazo contra las arterias carótidas. Cuatro, cinco, seis segundos. Sus rodillas ceden con un golpe sordo y su cuerpo se vuelve de plomo en mis brazos. Se desploma inconsciente sobre el suelo sin haber emitido un solo grito.

Me agacho de inmediato sobre él. Le quito la radio de campaña táctica acoplada al hombro y le arrebato un terminal digital de muñeca donde parpadea un mapa dinámico con la ubicación de todos los operativos de Quim.

—Tengo su radio y el mapa táctico, Marc —le susurro al pinganillo, metiéndome el terminal del mercenario en el bolsillo del chaleco—. Estoy en la puerta trasera de la oficina inteligente de Llull. Dime cómo abrimos el acceso.