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—Marc, no voy a llegar a Sants a pie con esta pierna en menos de treinta minutos —le digo, con una frialdad táctica que me sorprende a mí misma.
Miro la venda empapada en sangre de mi muslo—.
No tengo moto. La ciudad está a oscuras.
Si intento cruzar el Eixample corriendo, Quim me cazará en la próxima manzana.
—No vas a tener que cruzar el Eixample corriendo —responde Marc, y su tono de voz se afila de golpe, adquiriendo una resolución que nunca le había escuchado—.
No tienes que huir de ellos. El servidor temporal desde el que están ejecutando el ataque a Sants no está al otro lado de la ciudad.
Lo tienen montado en una oficina inteligente de la propia calle Llacuna.
A solo dos manzanas de tu posición actual.
Mis ojos se abren en la penumbra del soportal corporativo.
—¿A dos manzanas? —pregunto, fijando la vista en la línea oscura de los edificios acristalados de la calle.
—Exacto. Están operando desde el ático del edificio que hace esquina con la calle Llull —el tecleo de Marc suena como una ametralladora de comandos—.
Si dejas de correr y vas hacia allí, podemos reventar sus cortafuegos desde dentro de su propia red.
Eso detendrá el apagón del transporte y obligará a Quim a replegar a sus hombres para proteger el servidor.
Es tu única salida, Mía. Pasa a la ofensiva.
Miro el mango del destornillador que sigo empuñando en la mano derecha. Siento el latido de la UME devolviéndome la disciplina de combate. El Proyecto Barcino destruyó mi carrera militar, me fabricó un expediente falso y me tiró a la precariedad del asfalto; ahora están intentando apagar mi ciudad.
—Se acabó el huir, Marc —le susurro, poniéndome en pie apoyada en la jardinera, ignorando el dolor de la pierna—. Dime cómo entro en ese edificio. Voy a por ellos.