Tiempo Límite 53
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El pinganillo izquierdo, que mantenía una estática sorda desde el coche, emite un chasquido agudo que me hace dar un respingo contra la jardinera. La línea vuelve a la vida con un zumbido limpio.

—¡Mía! ¡Mía, por Dios, dime que me oyes!

—la voz de Marc entra rota por la interferencia de la red, pero la urgencia de su voz hace que parezca estar aquí abajo conmigo, sobre el asfalto de Llacuna.

Escucho el repiqueteo salvaje de sus dedos contra las teclas —.

He visto tu conexión en el nodo del corporativo de Llacuna. Sé dónde estás.

—Estoy cercada, Marc —le susurro, pegando el micrófono a los labios mientras vigilo el reflejo de las linternas en la acera de enfrente—. Quim está en la calle con cuatro tíos. Llevan visores térmicos. No puedo moverme de este soportal sin que detecten mi calor.

Aprieto los dientes, sintiendo el latido agudo del maletín contra mis costillas. La cuenta atrás parpadea. El tiempo de juego se ha terminado; ya no es solo una huida para salvar mi pellejo. Barcelona entera pagará el precio si no llego a Sants antes de cero.