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Me pego al rincón más oscuro del soportal de la multinacional, justo detrás de una inmensa jardinera de hormigón que bloquea la línea de visión desde la calzada de la calle Llacuna.
Contengo la respiración, estabilizando las pulsaciones mediante la respiración en caja mientras escucho los pasos pesados de los operativos de Quim barriendo la acera de enfrente.
El zumbido de sus equipos térmicos raspa el silencio de la madrugada.
Saco el teléfono móvil de mi chaleco de reparto. Sigue encendido, pero la pantalla parpadea mostrando el indicador de «Sin servicio» por culpa del inhibidor local que Quim activó en el taxi.
Sin embargo, al deslizar el menú superior de herramientas, veo que el icono del receptor inalámbrico registra una fluctuación analógica sutil. El teléfono busca redes de forma automática.
Miro hacia el techo acristalado del soportal de la gran corporación.
Entre los paneles de diseño, un pequeño rúter perimetral de seguridad parpadea con una luz verde fija.
El edificio mantiene una conexión independiente del resto de la red municipal.
Un enlace de fibra que entra directamente desde la infraestructura portuaria y que Barcino no controla.
La red Wi-Fi de cortesía para los clientes del vestíbulo permanece abierta, emitiendo señal hacia la calle.
Es una puerta trasera. Un hilo suelto en el apagón digital de la ciudad.
Mis dedos manchados de sangre teclean de forma frenética sobre el cristal del terminal, forzando la conexión manual de mi teléfono a la red Wi-Fi del edificio. El dispositivo duda tres segundos agónicos antes de emitir un pitido de confirmación. Conectado.