Tiempo Límite 51
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Click-clack.

El eco de un transceptor de radio resuena en la bocacalle de Pujades.

Quim y cuatro operativos a pie de Barcino acaban de desplegarse en abanico por mi cuadrante.

Los veo a lo lejos a través del reflejo de una fachada acristalada: avanzan con lentitud, manteniendo las armas alzadas.

En sus manos derechas llevan pequeños visores térmicos con pantallas verdosas.

Dispositivos FLIR de grado militar. En esas pantallas un cuerpo caliente destaca como una antorcha.

Mi corazón da un vuelco. Si barren mi callejón con infrarrojos, mi temperatura corporal y el calor que emite el núcleo dañado del maletín nos harán brillar en sus pantallas como un faro en mitad de la noche.

—¡Mía! ¡Inhala en cuatro! ¡Hazlo ya! —La voz de Marc regresa al pinganillo, débil y quebrada por la distancia, pero suficiente para arrancarme del bloqueo.

Fuerzo a mi caja torácica a expandirse de forma violenta. Inhalo. Retengo. Exhalo.

El pánico se repliega un palmo. El hiperfoco regresa.

Miro a mi alrededor de forma desesperada: a escasos tres metros, la fachada de una gran corporación tecnológica de la calle Llacuna se alza sobre la acera.

Su soportal de entrada está protegido por un gran alero de hormigón que proyecta una sombra térmica natural y densa.

Me arrastro hacia allí, ocultando el maletín bajo mi propio cuerpo para enmascarar su radiación.