Tiempo Límite 50
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Me deslizo fuera del patio de la fundición por un boquete trasero que da a un pasaje de servicio peatonal.

Conozco este barrio; me he pateado estas aceras mil veces de noche.

El Poblenou es un tablero de ajedrez donde las antiguas estructuras de ladrillo de las fábricas del siglo XIX se mezclan con los portales geométricos, acristalados e inteligentes de las multinacionales que han tomado el distrito.

Un contraste perfecto entre el reverso analógico y el imperio digital.

Camino pegada a las paredes, arrastrando la pierna izquierda a cada paso. Avanzo por el pasaje hacia la esquina de la calle Pallars.

El dolor del muslo se ha transformado en un frío entumecimiento que me asusta; sé que si la venda israelí cede, me desangraré en cualquier esquina antes de que amanezca.

Pero mi cerebro no procesa la fatiga. Las alarmas de mi TEPT quieren bloquearme las piernas al recordar la emboscada del túnel, los focos tácticos en la oscuridad, las voces ordenando el cordón perimetral. Es la misma puta ratonera.

—No eres una víctima, Mía —me susurro a mí misma, apretando los dientes mientras cruzo el asfalto oscuro de Pallars hacia la calle Pujades—. Esta vez no vas a dejar que te fabriquen el expediente.

Los todoterrenos circulan despacio por las avenidas anchas, con los motores al ralentí, barriendo las esquinas con los focos perimetrales.

Me meto en los portales más profundos cada vez que un haz de luz barre la calzada.

El Poblenou está desierto, sumido en el apagón de Barcino; los solares industriales vacíos parecen fosas negras entre los edificios inteligentes de fachadas de cristal que reflejan la luz de la luna.

Voy encontrando huecos entre el despliegue, pero cada manzana que cruzo deja menos sitios donde esconderme.