Tiempo Límite 49
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Los haces de luz atraviesan la verja rota de la fundición, perfilando las columnas de ladrillo del patio donde me oculto.

—¡Desplegaos a pie! —brama la voz de Quim desde la calle. Su tono ya no es pausado; es el de un jefe de operaciones furioso—. Cubrid los ángulos de salida hacia Pallars y Pujades. No puede haber ido muy lejos con esa pierna.

Me pego contra la base de un contenedor de obra metálico lleno de escombros y cascotes de hormigón. El metal me transmite un escalofrío por la espalda. Abrazo el maletín de titanio, que sigue emitiendo ese zumbido agudo e inestable.

Miro a través de una grieta del contenedor.

Veo las siluetas de cuatro operativos con chalecos tácticos bajando de los vehículos, con las linternas acopladas de sus armas cortando la penumbra.

Se mueven en abanico, cubriéndose las espaldas de forma impecable.

Quim va en el centro, con la pistola alzada.

Aplico el manual de la UME para eludir el rastreo visual: aprovecha los elementos de gran densidad para enmascarar tu firma térmica .

El contenedor de escombros es perfecto. Me quedo inmóvil, conteniendo la respiración, mientras uno de los haces de luz pasa de largo por encima del contenedor, rozando el techo de la nave industrial deshabitada.