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Me deslizo de espaldas por el marco de la ventana rota con el maletín aferrado entre los brazos, como si fuera un fardo de rescate de la UME.
Caigo de costado sobre el asfalto frío y húmedo de Llacuna.
El impacto contra el suelo me arranca un gemido de dolor de los labios; el corte del muslo izquierdo se abre de par en par, empapando el pantalón en sangre caliente de forma instantánea.
A mi espalda, Quim maldice e intenta zafarse del habitáculo del Skoda, atrapado por el asiento bloqueado.
—¡Está fuera! —brama una voz ronca desde uno de los todoterrenos—. ¡Fuego en el pasaje!
Me pongo en pie a base de pura fuerza de voluntad, arrastrando la pierna herida.
Delante de mí, flanqueando la callejuela desierta, se alza la fachada desconchada de una antigua fundición de ladrillo refractario abandonada.
La verja metálica de entrada está oxidada, entornada apenas medio metro, rompiendo la línea de la acera.
Corro hacia allí, cojeando a cada zancada pero con el hiperfoco de la UME anulando el dolor.
Las balas de los todoterrenos empiezan a repicar contra el cemento de la acera a mi paso, levantando una cortina de grava y polvo de yeso.
Un proyectil muerde el ladrillo de la fachada a escasos centímetros de mi hombro, llenándome la cara de polvo rojo.
Me lanzo de cabeza por el hueco de la verja metálica, deslizándome sobre el suelo de tierra batida del patio interior justo cuando una ráfaga destroza el candado oxidado del portón.
Me arrastro hacia las sombras del pasaje interior, sepultándome en la oscuridad del edificio industrial antes de que Quim o sus hombres tengan tiempo de apuntarme de nuevo de forma limpia.