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Quim da un volantazo salvaje a la izquierda, clavando los frenos a fondo en mitad de una intersección oscura y sin salida de la calle Llacuna.
Los neumáticos del Skoda Octavia chirrían sobre el asfalto húmedo, quemando goma y derrapando de lado hasta que el coche se detiene en seco con un latigazo brusco que me estampa los hombros contra el respaldo delantero.
Una densa nube de humo blanco y olor a ferodo quemado envuelve el taxi por completo, difuminando la luz de la luna.
Tres todoterrenos negros bloquean la calzada en horizontal, cerrando el perímetro por completo. Las puertas se abren con golpes secos. Seis operativos descienden a la carrera... El logotipo plateado de la «B» brilla sobre sus chalecos tácticos. Barcino.
Quim suelta el volante, mete la mano derecha bajo su chaqueta de sarga para sacar su arma con silenciador y se gira despacio hacia el asiento trasero, clavando sus ojos de ejecutor en los míos.
—Se acabó la carrera, nena. Baja el maletín.