Tiempo Límite 44
56%

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Clack.

Un golpe metálico y seco retumba en las cuatro puertas del taxi.

Los pestillos eléctricos bajan de forma automática, anulando los tiradores interiores.

Las puertas quedan bloqueadas. Estoy encerrada en una puta caja de acero que vuela a noventa kilómetros por hora por el asfalto desierto de la calle Llacuna.

—Se acabó el teatro, nena —dice Quim, manteniendo las dos manos firmes sobre el volante —. Dame el maletín por las buenas. Tu antigua unidad militar ya no va a venir a salvarte de esta. Cooperar es tu única forma de ver amanecer en esta ciudad.

El dolor de mi muslo izquierdo late con fuerza, empapando el pantalón de reparto en sangre caliente, pero mi cerebro militar anula la fatiga.

No entro en pánico. Deslizo los dedos de mi mano derecha hacia el interior de mi bota militar, aferrando el mango de plástico del destornillador plano de mantenimiento que guardé tras el accidente en el Gótico.

Siento el frío del metal contra mi palma.

Miro de reojo el maletín a mis pies. A través de la lona rota, el temporizador digital sigue vibrando, marcando la recta final en un tono naranja radiactivo que tiñe la tapicería del coche. El tiempo se agota y el vehículo no va a frenar por las buenas.