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La voz de Marc me estalla en el tímpano izquierdo, perdiendo toda la estática de golpe por la potencia de la transmisión. Sus palabras — el coche es un clon, trabaja para Barcino, abre la puerta y salta — se clavan en mi cerebro como un puñal de hielo.
Clavo la mirada en el espejo retrovisor interior.
Quim ya no sonríe. Su rostro manso de abuelo de barrio se ha evaporado.
A través del cristal, sus ojos fríos, calculadores y desprovistos de cualquier rastro de humanidad, me devuelven una mirada letal.
Se da cuenta de que lo sé. Ha escuchado los gritos desesperados de Marc filtrándose a través de las almohadillas de mi pinganillo.
—Tu amigo habla demasiado, nena —masculla Quim. Su voz es ahora un susurro monótono y gélido.
Alarga la mano derecha hacia el centro del salpicadero, justo al lado de la radio oficial del taxi. Retira una pestaña de plástico oculta y presiona un interruptor cilíndrico de color negro mate.
Un zumbido sordo, grave y vibrante inunda el habitáculo del Skoda Octavia, haciendo que los empastes de mis dientes vibren con una frecuencia molesta.
El teléfono móvil acoplado a mi chaleco se apaga de golpe.
En mi oreja izquierda, la voz de Marc se corta en mitad de una frase, sustituida instantáneamente por un muro de estática pura, blanca y ensordecedora. Sssssssss.
El cabrón acaba de activar un inhibidor de frecuencias de corto alcance. Me he quedado completamente aislada de mi ojo en el cielo. Vuelvo a estar sola a pie de pista en mitad de Barcelona.