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El siseo de estática en mi auricular aumenta, pero la línea aguanta por los pelos. Al otro lado de la frecuencia solo escucho la respiración agitada de Mía y el zumbido constante del motor del Skoda Octavia descendiendo por Llacuna.
—¡Mía, escúchame bien! —le grito, volcando toda la urgencia que me queda en las palabras mientras aporreo el botón de transmisión—.
El tipo que va al volante no es Joaquín Amat.
¡Te ha mentido con la licencia! He cruzado los registros del satélite y el verdadero taxista de ese coche está durmiendo en su puta casa de Cornellà ahora mismo.
¡El coche donde vas metida es un clon de la corporación!
El silencio que me devuelve el auricular es un bloque helado.
Ni un quejido, ni una respuesta. Sé lo que está pasando por su cabeza.
Investigué su expediente antes de ponerme en contacto con ella; conozco la traición que la expulsó de la UME.
Cree que el desconfiado soy yo, que soy yo quien la maneja desde un despacho cómodo.