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Los hilos empiezan a cerrarse en mi pantalla.
Mis dedos vuelan sobre el teclado numérico de la consola central, forzando los sensores de tráfico analógicos de las intersecciones del Poblenou. Los gráficos de vectorización de movimiento parpadean en un azul eléctrico agresivo. No es una búsqueda aleatoria. No están barriendo la ciudad al azar.
El Proyecto Barcino se mueve con la precisión quirúrgica de un ejército de ocupación.
—Están montando un embudo táctico —mascullo, apretando los dientes mientras la pantalla parpadea.
Quim no está conduciendo a Mía hacia la seguridad; la está guiando directo al centro de la telaraña.
Los datos de las balizas de control del tráfico me muestran que el Skoda Octavia clonado avanza en línea recta, reduciendo la velocidad a medida que se interna en el pasillo oscuro que forman las naves industriales y los edificios acristalados de oficinas.
Lo tienen todo estudiado. En tres minutos, los tres todoterrenos morderán la cola del taxi, sellando el perímetro por completo.
Me acerco el micrófono a los labios, inyectando toda la ganancia de potencia que le queda a mi canal de radio encriptado a través de la fibra óptica del Poblenou. La desesperación me raspa la garganta.
—Mía, si me escuchas, reacciona. ¡Te están acorralando en Llacuna! ¡Tienes tres vehículos cerrando el bloque!