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Un pitido electrónico agudo me hace saltar de la silla.
En mi monitor de seguimiento de flujos de tráfico secundario, el nodo periférico del distrito de Sant Martí acaba de registrar un microgasto de energía analógica en un lazo de inducción magnética del asfalto.
Una baliza de control de tráfico oculta en el suelo.
El Skoda Octavia clonado acaba de cruzar la frontera del distrito informático.
—¡Te tengo! —brama mi voz en el despacho vacío de la calle Mallorca.
Pincho desesperado en el mapa del sector marítimo de la ciudad. El punto azul virtual de Mía vuelve a parpadear en mis pantallas con una nitidez brutal gracias a la red de fibra óptica submarina que Barcino mantiene activa para sus propios servidores corporativos.
Fijo los ojos en la trayectoria del vehículo y el corazón me da un vuelco en el pecho.
El taxi no va hacia las rondas traseras del Guinardó ni está bordeando el Carmel.
El coche avanza a noventa kilómetros por hora en línea recta por el corazón desierto de la zona industrial de Poblenou, devorando las manzanas en dirección a la calle de Llacuna.
Va directo hacia el complejo de naves en desuso y oficinas inteligentes de la corporación del 22@.
—La está llevando a su matadero —mascullo, sintiendo un sudor frío correr por mis sienes.
El traidor ha completado el aislamiento psicológico de Mía y ahora la mete físicamente en el epicentro de su poder tecnológico, donde mis hackeos ordinarios no tienen fuerza frente a sus firewalls militares.
Me acerco el micrófono a la boca, forzando el canal de radio al límite de su modulación estática, rezando para que el repetidor de fibra del Poblenou inyecte mi voz en su pinganillo antes de que el coche se detenga por completo.
—¡Mía! ¡Mía, si me oyes, reacciona! No estás en el Guinardó. ¡El traidor te ha metido de lleno en el Poblenou, vas directa a la calle Llacuna! ¡Tienes que salir de ese maldito taxi ya!