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El Skoda Octavia desciende a tumba abierta por las curvas reviradas del Guinardó.
Las pastillas de los frenos delanteros emiten un silbido agudo cada vez que Quim clava el coche antes de un viraje.
El traidor conduce con una mano pegada al volante y la otra descansando cerca del freno de mano, con la tranquilidad de quien cree que la presa ya no puede escapar.
Miro por la ventanilla lateral derecha. Al llegar a la base de la colina, Quim debería tomar el desvío hacia las rondas superiores si su plan alternativo fuera real.
Pero no lo hace.
El limpiador da un volantazo seco hacia el este, ignorando las señales verticales muertas y lanzando el taxi directamente por las avenidas a oscuras que cruzan en línea recta hacia el mar.
Cruzamos la calle Mallorca, enfilamos Clot y bajamos de golpe hacia las zonas industriales del litoral de la ciudad.
—Quim, nos estamos desviando —le digo, forzando un tono de falsa confusión en la voz mientras deslizo discretamente la mano derecha hacia la cremallera de mi bota militar, donde guardo un pequeño destornillador plano de mantenimiento que rescaté de las herramientas de mi scooter estallada—.
Las rondas quedan hacia el otro lado. Estas calles bajan hacia la costa.
El rostro del taxista se endurece en el retrovisor. La máscara de abuelo entrañable desaparece por completo, sustituida por las facciones rígidas e institucionales de un operativo de campo de Barcino.
—Han cambiado las cosas, nena —responde.
Su voz ya no tiene rastro del tono paternal de antes.
Es plana, fría, casi mecánica—. Las rondas se han complicado.
Vamos a hacer una parada antes. Tenemos un sitio seguro en la costa.
Es lo mejor para la integridad del maletín.
No hagas preguntas y mantente pegada al suelo.
Mis dedos envuelven el mango de plástico del destornillador en la bota. Miro las placas de las calles que desfilan a oscuras bajo la luz de la luna: estamos entrando de lleno en las naves industriales y los portales geométricos del Poblenou.