Tiempo Límite 38
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Me incorporo del suelo del coche con una lentitud ensayada, fingiendo que me cuesta respirar por el dolor de las costillas.

Me coloco un mechón de pelo tras la oreja y miro a Quim a los ojos a través del hueco de los asientos.

El traidor me regala esa sonrisa mansa de abuelo que ahora me parece la máscara de un monstruo.

—Tienes razón, Quim —le digo, forzando un hilo de voz tembloroso y asustado que huela a rendición—. Sants es una puta locura. Estoy exhausta, me desangro por la pierna y este maldito maletín no deja de vibrar. Vamos a tu piso franco en el Guinardó. Sácame de este infierno.

La chispa de la victoria brilla un milisegundo en las pupilas del limpiador. Asiente con aire de suficiencia y retira los brazos del respaldo.

—Has tomado la decisión correcta, nena. Quédate tranquila en el asiento trasero. Yo nos saco de aquí —dice, abriendo la puerta del copiloto para dar la vuelta al coche y volver al puesto del conductor.

Aprovecho los cinco segundos agónicos que tarda en rodear el morro del Skoda Octavia bajo la penumbra del mirador.

Me estiro hacia delante por el hueco entre los asientos.

Mis dedos encuentran el mosquetón de acero que llevo sujeto al cinturón desde mis días en la UME.

Es un modelo de rescate vertical, capaz de soportar varias toneladas de carga.

Con un movimiento rápido y silencioso, lo paso alrededor del carril metálico del asiento del copiloto y lo engancho al mecanismo de bloqueo de la palanca de apertura.

Click.

El seguro del mosquetón se sella con un chasquido sordo que el ruido del motor al ralentí camufla por completo.

El asiento del copiloto ha quedado condenado en su posición más adelantada, bloqueando físicamente el espacio libre de la palanca de cambios y reduciendo a la mitad el ángulo de maniobra de la mano derecha del conductor.

Me vuelvo a sentar atrás de un salto justo cuando la puerta del conductor se abre y Quim se desliza en su asiento.

—Vámonos, nena —dice, metiendo primera con un tirón brusco del embrague. El taxi da la vuelta en el mirador de tierra del Carmel y enfila la cuesta abajo.