Tiempo Límite 46
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El silencio que sigue al frenazo es denso, asfixiante, roto solo por el traqueteo metálico del motor del Skoda al ralentí. Los focos de los tres todoterrenos que nos cierran el paso inundan el habitáculo de una luz blanca, cegadora, que proyecta nuestras sombras contra el salpicadero.

Sin dejar de apuntarme, Quim aparta la mano izquierda del volante y acciona el freno de mano. Solo entonces gira el torso hacia mí, encañonándome directamente al pecho a través del hueco de los respaldos.

—Se acabó el viaje, nena —dice Quim. Su voz es un susurro monótono que me eriza la piel—. Dame el maletín.

Fijo los ojos en la boca negra del silenciador, a menos de un metro de mi cara.

El dolor de mi muslo izquierdo late con fuerza, pero mi pulso no se acelera.

Los músculos se me tensan por puro instinto de supervivencia.

Mis dedos, ocultos en la penumbra del suelo, envuelven el mango de plástico del destornillador que llevo en la bota.

Sé que si intento clavárselo, me meterá una bala en el esternón antes de que pueda armar el brazo.

Tengo que usar lo que tengo a mano. El manual de la UME: el entorno es tu mejor arma.

—Está bien, Quim —fuerzo un hilo de voz tembloroso, fingiendo que la debilidad y el miedo me han ganado por completo—. No me dispares, por favor. Toma el maldito paquete.

Sujeto el maletín y lo alzo despacio, interponiéndolo entre su pistola y mi cuerpo como si fuera a entregárselo.