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—Déjame pensarlo un segundo, Quim. Me está dando un dolor de cabeza de mil demonios —le digo, fingiendo un gemido de debilidad mientras me inclino hacia delante.
Me agacho como si fuera a ajustarme los cordones de la bota militar izquierda, ocultando mi rostro de su línea de visión directa.
Uso el movimiento para deslizar la mano por el suelo del taxi y recolocar el maletín entre mis piernas.
Al inclinar el torso, mis ojos se fijan en el reflejo del cristal de la ventanilla delantera del copiloto, que actúa como un espejo oscuro gracias a la penumbra exterior.
A través del reflejo, la nuca de Quim aparece nítida sobre el cristal oscuro del parabrisas.
Se inclina ligeramente hacia delante para comprobar la carretera y el pequeño transmisor del auricular transparente que lleva encajado en la oreja gira apenas unos milímetros.
Hasta ese momento no había visto en él más que el típico pinganillo transparente de un taxista de noche, pero, al cambiar de ángulo, la carcasa negra refleja durante un instante la luz naranja que escapa del maletín y deja al descubierto un diminuto grabado plateado.
Un escalofrío helado, idéntico al que sentí en la suite del Hotel W, me congela la sangre en las venas.
Dos líneas cruzadas formando una «B» estilizada. El logotipo corporativo del Proyecto Barcino . El mismo que llevaban grabado los botones de los chalecos tácticos de los hombres que destrozaron la suite del Hotel W.
La verdad me golpea el pecho con la fuerza de un camión de la basura.
No es un taxista autónomo. No es mi ángel de la guarda.
Es el «limpiador» de la corporación tecnológica.
Me ha sacado del Gótico no para salvarme, sino para aislarme de Marc y arrebatarme el maletín sin armar un escándalo en mitad de la calle.
Contengo la respiración, manteniendo los ojos fijos en el cordón de mi bota. Si nota que sé quién es, me meterá una bala en la cabeza aquí mismo. Tengo que jugar mis cartas con frío militar.