Tiempo Límite 35
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Quim abre la puerta del copiloto en lugar de la suya y se inclina hacia el interior del habitáculo, apoyando los brazos en el respaldo del asiento.

Trae el frío de la sierra metido en la ropa y un olor denso a tabaco barato.

Me observa con esos ojos cansados que tanto me recuerdan a los paisanos de mi pueblo.

—Las ruedas están bien, nena. Ha sido solo un susto con una piedra del camino —dice, modulando la voz en un tono pausado, casi cariñoso—. Pero he estado pensando mientras miraba la ciudad ahí abajo.

Se vuelve un instante hacia el horizonte apagado antes de clavar otra vez los ojos en mí.

—Tú dices que tienes que llegar a Sants. Pues precisamente por eso no iría allí ni loco. Si yo estuviera organizando una cacería, empezaría esperando en el sitio donde sé que tarde o temprano va a aparecer mi presa. Y esa estación es el primer lugar donde miraría cualquiera.

Me tenso en el asiento, apretando el maletín contra las piernas.

—Tengo que dejar esto en una taquilla. Es la única forma de impedir que Barcino consiga lo que busca.

Quim niega despacio con la cabeza.

—¿Y quién te garantiza que todavía vas a encontrar esa taquilla esperándote? Si esos cabrones llevan toda la noche anticipándose a todos vuestros movimientos, también habrán pensado en eso. Es de cajón, nena.

Se inclina apenas unos centímetros más hacia el interior del coche. Su voz baja todavía un tono.

—Escúchame. Tengo un piso aquí cerca, en el Guinardó.

Un sitio discreto. Nadie sabe que existe salvo yo.

Dejamos el maletín allí unas horas, esperamos a que toda esta locura se calme y, cuando esos cabrones dejen de mirar hacia todas partes, decides qué hacer.

Ahora mismo solo estás corriendo exactamente hacia donde ellos esperan encontrarte.

Su propuesta es tentadora. Después de todo lo que ha pasado esta noche, esconder el maletín durante unas horas y desaparecer del mapa parece la decisión más sensata del mundo.

Cualquier persona agotada, herida y aterrorizada aceptaría sin pensarlo.

Pero cuanto más lógica me parece la idea, más empiezan a chirriar las alarmas que la UME me enseñó a no ignorar.

Acaricio con el pulgar la superficie fría del titanio. Hasta ese instante, Quim solo había discutido el camino. La Gran Vía. Los controles. El Carmel. Las rutas de entrada a Sants. Ahora la conversación ha dejado de girar alrededor de Barcelona. Ahora gira alrededor del maletín.