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El Skoda corona la cima del Turó de la Rovira y Quim clava los frenos en un mirador de tierra batida, justo a unos metros de los Búnkers del Carmel. El coche derrapa sutilmente antes de detenerse.
—Espera un momento aquí, nena —dice Quim, apagando los faros delanteros pero dejando el motor al ralentí—. Creo que la rueda trasera ha quedado tocada. Tardo un minuto. Quédate dentro.
Abre la puerta del conductor y se baja, entornando la chapa tras de sí.
Me quedo sola en el asiento trasero. El silencio del Carmel es absoluto, fantasmal.
Miro por la ventanilla rota. Desde aquí arriba, la estampa de Barcelona a oscuras estremece el estómago.
La gran urbe que nunca duerme es ahora un cementerio de hormigón negro y siluetas mudas.
Solo la Sagrada Familia recorta sus torres iluminadas a medias por un generador de emergencia, y al fondo, el mar Mediterráneo parece un muro de alquitrán.
Da la sensación de estar contemplando el fin del mundo desde el borde del cráter de un volcán apagado.
—¿Mía? ¿Me oyes? —la voz de Marc entra rota por el pinganillo, sepultada bajo una capa masiva de estática blanca—. ...señal... muy débil... Carmel... bájate de... coche... trampa...
El auricular emite un pitido de interferencia agudo que me obliga a apartarlo de la oreja con un bufido. La estática es insoportable. Las palabras de Marc se diluyen en el aire de la noche.
Miro por el espejo retrovisor lateral derecho. Quim continúa junto a la rueda trasera, tranquilo, como si no existiera ninguna prisa. Aprieto el maletín contra el pecho y cierro los ojos un instante. Necesito creer que aún puedo confiar en alguien.