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El taxi asciende por las curvas cerradas y empinadas del Guinardó.
El motor del Skoda ruge por el esfuerzo, balanceando la carrocería en cada viraje cerrado.
Las calles aquí arriba son estrechas, flanqueadas por fachadas bajas y árboles que proyectan sombras tétricas sobre el capó bajo nuestras luces halógenas.
Me giro en el asiento trasero para mirar por la ventanilla de la izquierda, o lo que queda de ella tras el tiroteo del Gótico. La panorámica de Barcelona empieza a desplegarse a nuestros pies a medida que ganamos altura.
Abajo, en el sector litoral de la ciudad, las luces del Puerto de Barcelona y toda la línea del Paralelo se apagan en un parpadeo seco y coordinado.
Es un efecto dominó aterrador: primero los muelles, luego las avenidas, después las manzanas enteras del Raval y el Poble Sec se hunden en un abismo de oscuridad absoluta.
Ya no hay duda. Barcino está apagando Barcelona.
La oscuridad avanza en tiempo real ante mis ojos.
—Dios mío... —susurro, pegando la frente al cristal frío. La mancha negra se extiende por el mapa como un virus de sombra, devorando los portales, las farolas y los carteles luminosos.
—Te lo dije, nena —la voz de Quim llega baja, pastosa, sin una pizca de sorpresa—. Cuando empiezan, no se conforman con una persona. Van a por toda la ciudad.
Miro el maletín a mis pies. La pantalla naranja parpadea con una velocidad frenética, marcando 105:14.
El zumbido interno se ha vuelto más agudo, una vibración sutil que me transmite el metal a través de las suelas de mis botas militares.
Barcelona se muere y el temporizador no va a frenar por nadie.