Tiempo Límite 32
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—Escúchame, nena —Quim reduce a tercera y da un volantazo suave hacia la derecha, alejándose definitivamente del centro—.

Si queremos llegar vivos a Sants, tenemos que jugar con el reverso oscuro de la ciudad.

Vamos a subir hacia el norte. Bordearemos el mapa por las curvas del Guinardó hasta llegar al mirador de los Búnkers del Carmel.

Desde allí arriba las rondas traseras quedan despejadas y bajaremos limpios por los accesos secundarios de Horta sin cruzar un solo control.

—¡Mía, no! ¡Dile que pare el coche! ¡Es un desvío de más de veinte minutos! —la voz de Marc raspa en mi oído, perdiendo los papeles.

Mi cerebro militar evalúa las dos opciones en un milisegundo.

La doctrina de evasión y escape de la UME es clara en entornos urbanos colapsados: evita siempre las avenidas principales, prioriza la altura para reconocimiento y esquiva los cuellos de botella obvios .

El recorrido que propone Quim coincide con lo que nos enseñaban para romper un cerco urbano: evitar las grandes arterias, ganar altura y buscar vías secundarias antes de volver a entrar.

El de Marc parece una temeridad basada en información que puede haber llegado demasiado tarde.

—Lo siento, Marc, pero Quim tiene razón —le digo al micrófono, con la decisión ya tomada—. Si la Gran Vía está cortada, no voy a meterme en una ratonera. Subimos por el norte.

—¡Mía, me estás dejando ciego! ¡Si subes al Carmel las antenas repetidoras del sector alto están caídas por el apagón! —Marc aporrea la mesa al otro lado de la línea, pero mi decisión está tomada.

Miro por la ventanilla. El Skoda Octavia acelera a fondo, dejando atrás el Ensanche y empezando a enfilar las cuestas empinadas que suben hacia el distrito de Horta-Guinardó.

He dejado de seguir las instrucciones de Marc.

A partir de este momento, mi vida depende por completo del hombre que tiene las manos sobre ese volante.