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La voz de Marc me llega cargada de una vibración metálica y tensa que me eriza el vello de los brazos. Aporrea las palabras contra el micrófono de su diadema, exigiéndome que tome el control de la ruta.
—Mía, dile al conductor que gire a la izquierda en la próxima intersección. Tenéis que enfilar la Gran Vía ahora mismo y directos a Sants. No os desviéis del carril central bajo ninguna circunstancia. Es una orden.
Le transmito las instrucciones a Quim en voz alta. El taxista no frena. Tampoco gira el manillar del volante. Simplemente clava la mirada en el retrovisor y me regala una de sus muecas de resignación veterana.
—Ni de coña, nena —masculla Quim, negando con la cabeza mientras afloja ligeramente el acelerador al acercarnos al cruce de Balmes—.
Tu amigo no está viendo la calle. Yo sí.
Acabo de ver rotativos azules en Plaza Universidad.
Han cruzado varios coches y están cerrando la Gran Vía.
Si nos metemos ahí, nos quedamos atrapados.
Aprieto los dedos contra el maletín, sintiendo su latido agudo.
Marc insiste en que sus pantallas muestran la Gran Vía despejada.
Pero las pantallas no siempre llegan antes que la realidad.
Quim tiene la vista clavada en la carretera.
Si de verdad hay un control ahí delante, cuando los sistemas lo detecten ya será demasiado tarde.
—Marc, Quim dice que han cortado la Gran Vía —le respondo, bajando el tono—. Dice que hay patrullas bloqueando Universidad. No puedo arriesgarme a entrar en un embudo.
—¡Mía, te está manipulando! —el grito de Marc estalla en staccato, desesperado—. ¡Mis monitores de tráfico no registran ninguna patrulla en ese cuadrante! ¡Hazme caso a mí!
Miro la nuca inmutable del taxista. Las dos voces me empujan en direcciones opuestas. Una llega desde un auricular. La otra desde el asiento delantero. Y, por primera vez desde que empezó aquella noche, ya no sé cuál de las dos está intentando salvarme.