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—A ver, Joaquín Amat... —mascullo entre dientes, forzando un cortafuegos en el nodo periférico de la Guardia Urbana—. Vamos a ver dónde estás metido ahora mismo.
Hackeo la señal del repetidor de la app oficial de control del taxi metropolitano y activo el rastreo de posicionamiento satelital de la baliza obligatoria del coche. Mi pantalla central parpadea. Un punto azul estático se enciende en el mapa de Barcelona, geolocalizado en el sur de la ciudad.
Frunzo el ceño. El punto no se mueve por el Eixample. Está quieto en una calle residencial del barrio de Sant Ildefons, en Cornellà de Llobregat.
—No puede ser —susurro.
La licencia que me ha dictado Mía pertenece a un taxi que está inmóvil en Cornellà. Entonces... ¿qué demonios acaba de recogerla en el Gótico?
Abro una ventana secundaria y pincho en la cámara de tráfico más cercana al nodo de Cornellà, forzando la óptica nocturna de infrarrojos.
La pantalla parpadea dos veces antes de mostrarme una calle desierta flanqueada por árboles.
Aparcado debajo de una farola apagada, hay un Skoda Octavia oficial negro y amarillo.
Tiene la licencia 4114 pintada en la puerta trasera.
Está frío. Con los cristales intactos. El verdadero Joaquín Amat está durmiendo en su casa a quince kilómetros de distancia de Mía.
El estómago se me revuelve de golpe. Un escalofrío helado me paraliza la nuca.
El coche donde viaja Mía no puede ser el de la licencia 4114.
Alguien ha copiado la matrícula, la identificación municipal...
todo lo necesario para hacerlo pasar por un taxi legal.
El hombre que conduce no es un taxista de la noche.
Es un operativo del Proyecto Barcino. Un limpiador que se ha metido en el Gótico para interceptarla por la vía sutil, ganándose su confianza para que le entregue el maletín sin pegar un solo tiro.
Y yo acabo de validar su mentira por el pinganillo.
Miro la pantalla de seguimiento de Mía. Su señal avanza a cien kilómetros por hora, adentrándose en el mapa digital hacia el norte. El traidor la está aislando en un habitáculo blindado y la lleva directa hacia su terreno de juego.
Acerco el micrófono de diadema a los labios con un temblor salvaje, aporreando el botón de transmisión de radio para advertirla.
—¡Mía! ¡Mía, escúchame bien! ¡Tienes que salir de ese coche ya! ¡El taxi es una puta trampa!