29
—Tranquila, nena —dice Quim, relajando el agarre sobre el volante mientras el Skoda Octavia cruza de largo los edificios a oscuras de la calle Balmes—. Ya puedes bajar las defensas. Estás a salvo.
El zumbido intermitente del maletín de titanio es el único motor que no se apaga. Lo miro de reojo mientras me limpio los restos de sudor de las cejas, exhausta. Quim me observa a través del retrovisor interior con una mirada mansa, casi de abuelo protector.
—Dime una cosa, nena —continúa, bajando el tono de voz hasta modular un susurro que compite con el traqueteo de las ruedas—. Ese tipo que te habla por el pinganillo... ¿Quién es? ¿Te ha dicho su nombre de verdad?
Me tenso ligeramente.
—Se llama Marc. Está ayudándome desde el centro de control de tráfico.
Quim suelta un bufido despectivo por la nariz. Niega con la cabeza, esbozando una mueca cargada de lástima.
—Treinta años llevo pateándome este asfalto de noche, nena. He visto demasiada gente dando órdenes desde un despacho mientras otros ponen el cuerpo ahí fuera. Cuando las cosas salen bien, los de arriba se cuelgan la medalla. Cuando salen mal, siempre encuentran a alguien a quien dejar tirado.
Sus palabras me caen en el estómago como un bloque de plomo.
Las alarmas de mi TEPT, alimentadas por la traición que sufrí en la UME cuando mis superiores me fabricaron un expediente falso para salvar sus culpas, se encienden de golpe.
Sé lo que se siente al ser el peón prescindible de alguien con corbata.
—Marc arriesga su vida —le rebato, pero mi propia voz me suena insegura, desinflada por la duda—. Mataron a su contacto en el hotel. Está en esto para frenar a Barcino.
—Claro, nena. Eso te dice él. —Quim golpea el volante con el índice, marcando un ritmo lento sobre el cuero—. Pero el que está al otro lado del pinganillo sigue sentado bajo un techo. Tú eres la que lleva toda la noche corriendo, sangrando y esquivando balas con ese maletín pegado al pecho.
Hace una breve pausa antes de añadir, sin apartar la vista de la carretera:
—No sé qué demonios llevas ahí dentro, ni quiero saberlo. Pero por la forma en que lo abrazas está claro que vale más que tu propia vida. Piensa una cosa. Si es tan importante... ¿por qué él no está aquí abajo contigo?
Me quedo callada, mirando fijamente la pantalla parpadeante de mi teléfono móvil.
La duda es un veneno rápido. Miro la nuca canosa de Quim, el único hombre de carne y hueso que ha puesto su chapa entre los subfusiles y mi cuerpo esta noche.
Miro el auricular mudo. Quizá el taxista tenga razón.
Quizá Marc solo esté usándome para terminar un trabajo que su contacto muerto no pudo cobrar.