Tiempo Límite 28
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—Marc quiere comprobar quién eres —digo, rompiendo el silencio del habitáculo.

Bajo la vista un instante hacia el salpicadero. La licencia municipal está sujeta junto al parabrisas. Memorizar cuatro cifras y una matrícula me lleva menos de un segundo.

Quim no se tensa. No da un frenazo ni desvía la mirada del asfalto. Al contrario, deja escapar una pequeña risa ronca, esa risa de conductor curtido que parece haberlo visto todo.

—El del pinganillo es desconfiado, ¿eh, nena? Hace bien. Tal y como está la noche, yo tampoco me fiaría de nadie.

Presiono el botón del transmisor.

—Marc, apunta. Licencia municipal 4114. Skoda Octavia negro y amarillo. Matrícula 9821-LMX.

—Y si también quiere el número de bastidor, lo llevo en la documentación de la guantera —añade Quim con total naturalidad—. No tengo inconveniente.

—¿Lo has oído? —pregunto.

—Sí, dame un segundo —responde Marc al instante. El tecleo al otro lado de la línea vuelve a acelerarse hasta convertirse en un martilleo constante—. Entrando en el registro del Instituto Metropolitano del Taxi... cruzando matrícula... licencia... espera...

Aguanto la respiración con la venda israelí todavía apretada contra el muslo. A mis pies, el maletín continúa emitiendo aquel zumbido eléctrico, mientras la pantalla naranja sigue recordándome que el tiempo no deja de correr.

—A ver... La licencia 4114 está a nombre de Joaquín Amat. Todo en regla. Seguro obligatorio pagado, ITV pasada el mes pasado, sin denuncias vigentes ni multas pendientes. Conductor autónomo. No me sale absolutamente nada raro.

Espero unos segundos más. Conozco a Marc. Cuando se queda callado delante del teclado es porque sigue buscando.

—¿Y?

—Y eso es precisamente lo que no me gusta.

Frunzo el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que alguien que acaba de meterse marcha atrás en un tiroteo entre mercenarios armados no suele tener un expediente tan limpio.

No aparece ninguna incidencia, ningún juicio, ninguna denuncia, ninguna sanción...

nada. Es como si hubiera pasado treinta años conduciendo por Barcelona sin rozar un espejo, sin discutir con un cliente y sin levantar jamás la voz.

No respondo. Levanto la vista hacia el retrovisor. Quim sigue concentrado en la carretera, como si toda la conversación no fuera con él.

—Puede que simplemente sea un buen taxista.

—Puede. O puede que solo esté buscando donde no debo. No bajes la guardia todavía.

Bajo despacio la mano del pinganillo y vuelvo a fijarme en la nuca de Quim.

El taxista continúa conduciendo con la misma serenidad con la que había irrumpido en aquel callejón del Gótico, como si esquivar una emboscada formara parte de cualquier turno de noche.

Suelto el aire despacio, aunque la sensación de alivio apenas dura un instante. Los datos encajan. Demasiado bien. Y, por alguna razón que no consigo explicar, sigo teniendo la impresión de que Quim sabe mucho más de lo que está dispuesto a contar.