Tiempo Límite 27
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Me estoy presionando la venda israelí sobre el corte del muslo cuando un latigazo de estática me perfora el oído. El pinganillo, que daba por muerto tras el accidente en el Gótico, emite un chasquido agudo que me hace dar un respingo en el asiento.

—¿Mía? ¡Mía! ¡Contesta, joder! —la voz de Marc entra rota, distorsionada, pero cargada de una desesperación salvaje que me golpea el tímpano—. He perdido tu señal en la Catedral. Los sensores de ruido de la Via Laietana han registrado disparos automáticos. Dime que sigues viva.

Acerco la mano al transmisor del pecho, presionando el botón con los dedos manchados de sangre. Mi propia voz suena ronca, exhausta.

—Estoy viva, Marc. Sigo entera.

Escucho un suspiro hondo al otro lado de la línea, un jadeo de puro alivio que se mezcla con el repiqueteo frenético de sus dedos contra el teclado.

—¿Cómo has salido de ahí? Mis pantallas dicen que tu moto no se mueve del callejón. Los mercenarios de Barcino estaban encima de ti.

—No tengo moto, se ha quedado empotrada contra un cable de acero —contesto bajando la voz hasta convertirla en un murmullo y girando ligeramente la cara hacia la ventanilla.

Aun así, noto cómo Quim ajusta apenas unos milímetros el retrovisor interior, intentando leerme los labios.

—Me tenían acorralada en un portal. Un taxi ha entrado derrapando marcha atrás y me ha sacado de allí bajo el fuego. Voy en el asiento trasero. El maletín está conmigo.

Un silencio repentino cae al otro lado de la línea. El tecleo salvaje de Marc se detiene de golpe.

—¿Un taxi? —pregunta Marc. Su tono ya no es de alivio; se ha vuelto frío, analítico, cargado de una sospecha inmediata—.

Mía, Barcelona está sufriendo un apagón informático perimetral y hay patrullas de Barcino peinando el Gótico.

Ningún taxista del turno de noche se mete en un tiroteo de madrugada para salvar a una desconocida.

Miro fijamente el reflejo de Quim en el cristal de la ventanilla. El hombre mantiene una calma imperturbable mientras devora los cruces de la calle Aragón a cien kilómetros por hora.

—Dice que se llama Quim —le susurro a Marc—. Conoce al Proyecto Barcino. Sabe quiénes son.

—No me gusta un pelo —masculla Marc, y el teclado vuelve a sonar con fuerza—. Pásame los datos de ese coche ahora mismo. Si ese tipo es un ángel de la guarda, quiero ver sus alas en mi pantalla.