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El Skoda Octavia avanza a toda velocidad por la calle Aragón, cruzando las intersecciones vacías del Eixample.
Quim maneja el volante con una mano, con una fluidez pasmosa, mientras mantiene los ojos fijos en el asfalto a oscuras.
No le tiembla el pulso. No mira a los lados buscando patrullas.
Su respiración es rítmica, pausada. Demasiado pausada para un civil que acaba de esquivar una ráfaga de subfusil en un callejón medieval.
Mi mente militar, entrenada para analizar el comportamiento humano en situaciones de crisis, se pone en alerta roja. La gratitud por el rescate se disipa, sustituida por la fría paranoia de la UME.
—Estás muy tranquilo, Quim —digo, apoyando la espalda contra el asiento y clavando los ojos en su nuca—. Demasiado.
—La noche barcelonesa enseña a no asustarse por cualquier ruido, nena —responde sin apartar la vista de la calzada.
Su tono es el de un abuelo que te cuenta una batallita de bar, plano y reconfortante—.
Además, en los noventa me tocó la época dura de los atracos a taxistas.
Uno aprende a mantener la cabeza fría si quiere jubilarse entero.
Alarga el brazo derecho hacia la guantera sin dejar de acelerar. Presiona el cierre y extrae un estuche de lona rígida de color verde oliva. Me lo tiende por el hueco entre los asientos delanteros sin mirarme.
—Toma. Límpiate esa pierna antes de que me manches la tapicería.
Agarro el estuche. Pesa. En cuanto mis dedos rozan la lona sintética, mis alarmas internas empiezan a pitar con fuerza. Desabrocho el cierre de velcro táctico. Dentro hay vendas de compresión israelíes, un torniquete CAT de tercera generación y gasas hemostáticas impregnadas en agente coagulante.
Es un botiquín de trauma militar de las Fuerzas Armadas. El mismo que yo llevaba en el chaleco de la UME. Ningún taxista veterano lleva esto en la guantera para curarse un corte con un papel.
—Un botiquín militar. De los buenos —comento, sacando una de las vendas rígidas mientras lo observo por el retrovisor—. Esto no lo venden en la farmacia de la esquina, Quim.
—Un cliente se lo dejó en el asiento de atrás hace un par de meses. Un militar del cuartel del Bruch que iba borracho como una cuba. Me pareció más útil que la caja de tiritas que nos obliga a llevar el Área Metropolitana. Úsalo. No dejes que la herida se enfríe.
Rasgo el plástico de la venda con los dientes, pero mis ojos no se apartan de la silueta de su nuca. Me está mintiendo de forma impecable. Su historia encaja, pero mi instinto me dice que este hombre sabe usar ese torniquete tan bien como yo.