25
Me incorporo del suelo del coche muy despacio, apoyando la espalda contra el asiento trasero destrozado, y el aire frío de la madrugada entra con violencia por la luneta trasera reventada, despejándome la cabeza de golpe.
Miro por el hueco del cristal roto: el laberinto del Barrio Gótico ya queda atrás, recortando sus torres oscuras contra el cielo negro de Barcelona.
Lo hemos logrado. Hemos salido de la ratonera de piedra.
El taxi vuela por la calzada desierta de la Vía Laietana, enfilando hacia el norte de la ciudad, y la escena exterior es fantasmal: las farolas están muertas, los escaparates de las tiendas apagados y los semáforos cuelgan como cajas negras inútiles sobre los cruces.
El Proyecto Barcino está devorando la energía de la ciudad barrio a barrio. Barcelona se está apagando.
Me limpio un hilo de sangre de la frente y fijo la vista en la nuca del conductor.
—¿Quién eres? —le pregunto, con la voz pastosa y los dedos todavía apretados alrededor del maletín —. ¿Por qué te has jugado el cuello por mí ahí dentro?
El hombre me mira un segundo por el retrovisor interior. Tiene los ojos cansados, arrugas de expresión profundas alrededor de los labios y una calma que no cuadra con un civil que acaba de salir de un tiroteo militar.
—Me llamo Quim, nena —responde, metiendo cuarta con un movimiento limpio y preciso—. Llevo treinta años pateándome el asfalto de esta ciudad de noche. He visto de todo, pero no suelo ver a repartidoras perseguidas por tipos con subfusiles automáticos y trajes de dos mil euros.
—Deberías haberme dejado en el portal —le digo, bajando la mirada hacia el maletín apoyado contra mis piernas—. No sabes en lo que te has metido. Los tipos que disparaban no van a parar. Controlan las cámaras, la policía, los cierres de los edificios... Controlan la puta ciudad.
Quim suelta una risa corta, seca y carente de humor, mientras esquiva un coche patrulla de la Guardia Urbana que avanza a lo lejos con las luces apagadas, ajeno al caos.
—Sé perfectamente quiénes son esos bastardos, nena —masculla Quim, y por primera vez la rabia le rompe la calma—. Proyecto Barcino.
El nombre sale de su boca como si llevara meses esperando poder escupirlo.
—No son una banda de mercenarios. Son algo peor.
Son gente con despacho, con contratos públicos y con amigos en todos los sitios donde importa tenerlos.
Directivos, políticos, empresas de seguridad privada...
gente que nunca aparece en las fotos pero que decide quién puede quedarse y quién tiene que desaparecer.
Aprieta más el volante.
—Llevan meses limpiando Barcelona a su manera. Comprando silencios, manipulando informes, usando la ciudad como si fuera su propiedad. Pero esta noche han cometido un error. Han venido a por la persona equivocada.
Acerco el maletín a mis rodillas. La pequeña pantalla de integridad parpadea con una luz naranja intermitente que proyecta sombras tétricas en el techo del taxi.
Los dígitos se estabilizan por un segundo, brillando con un verde fosforito moribundo: 130:00.
El reloj avanza. Quedan exactamente dos horas y diez minutos para que el núcleo térmico falle y convierta este maldito paquete en una bomba.
—Tengo que llegar a la Estación de Sants —le digo, clavando los ojos en su nuca—. Si este paquete no entra en una taquilla blindada antes de que el reloj llegue a cero, Barcino tendrá acceso a algo que puede dejar Barcelona de rodillas.
Quim asiente con la cabeza, agarra el volante con fuerza y pega un pisotón al acelerador, haciendo que el taxi supere los ciento veinte kilómetros por hora en mitad de las calles vacías del Eixample.
—Pues agárrate de verdad, nena —dice Quim, mirándome fijamente por el retrovisor con una sonrisa gélida—. Porque la Gran Vía va a estar blindada por sus hombres y nos va a tocar cruzar Barcelona por el reverso oscuro.