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—¡Sujétate, nena! —brama Quim mientras clava el pie en el acelerador.
El motor del Skoda Octavia ruge con un chillido agónico.
Los neumáticos patinan sobre las losas de piedra húmedas del Gótico, buscando tracción a la desesperada en mitad de la nube de humo blanco que asfixia el callejón, y el coche da un latigazo violento de lado a lado, golpeando el espejo retrovisor contra el muro de piedra de la Generalitat antes de salir disparado hacia el frente.
A mi espalda, el infierno no cesa. Los impactos de los subfusiles automáticos barren la chapa del maletero con un repiqueteo ensordecedor que me taladra los oídos, y una bala atraviesa el respaldo del asiento del copiloto, haciendo saltar una astilla de espuma y plástico a pocos centímetros de mi cara.
Me desplomo por completo en el espacio reposapiés del suelo de los asientos traseros, encogiendo el cuerpo y protegiendo la cabeza entre las rodillas.
Si una sola de esas balas perfora el tanque del coche o alcanza el núcleo inestable del sistema militar, nos vamos a desintegrar en mitad del barrio histórico.
¡Clang! Un impacto más pesado de lo normal deforma el techo del coche, doblando el marco de la ventanilla trasera rota, y llueven cristales templados sobre mi chaqueta reflectante.
Quim gira el volante a la izquierda con una brutalidad que me hace golpear las costillas contra la base del asiento delantero. El coche derrapa, la suspensión trasera llega al tope, y escucho el bocinazo lejano y furioso de los operativos de Barcino que se quedan atrás, burlados por la maniobra.
—¡Esos cabrones no saben con quién se han metido!
—grita Quim por encima del ruido del motor, mirando por el retrovisor interior con los ojos inyectados en adrenalina.
Gira a la derecha de forma temeraria, metiendo el taxi por un pasaje peatonal tan estrecho que las dos molduras de las puertas van rascando las fachadas de piedra en un chirrido metálico continuo—.
Tranquila, nena. El coche está aguantando. Ya casi estamos fuera del embudo.
Me limpio los restos de cristales de la cara con el dorso de la mano temblorosa, y miro hacia arriba, hacia la nuca canosa de este conductor desconocido que conduce como un piloto de carreras ilegal y que me ha sacado de la boca del lobo sin pedir explicaciones.
El coche da un último brinco violento al saltar un bordillo alto, las ruedas delanteras recuperan el asfalto plano de una avenida ancha y Quim mete tercera, estabilizando el vehículo a más de cien kilómetros por hora.
El silencio de las calles vacías y a oscuras de Barcelona nos envuelve de golpe. Solo queda el rugido del motor, mi respiración entrecortada y el zumbido constante del maletín contra mi pecho. El contador sigue corriendo.